Perú. Tantas cosas cambian después de que uno va para allá y de primera mano recibe la información de sus habitantes, asediados a preguntas que a veces a ellos mismos hacen reflexionar.
Gran sorpresa: hay pirámides en pleno centro de Lima. Esta ciudad, la capital del Perú --y digo "del" en lugar "de" ya que así lo dice la gente y está así en sus monedas y billetes--, está ubicada en la costa del Pacífico, sobre un llano desértico y arenoso que se prolonga de norte a sur por cientos de kilómetros, y cuyo límite oriental es la cordillera de los Andes.
Las citadas pirámides están hechas de arcilla mezclada con paja y pelo de animales, principalmente llamas, y existen decenas de estas construcciones esparcidas por los barrios de Lima. Reconocida hoy su importancia arqueológica, no son ya más objeto de la destrucción y el saqueo que se llevó a cabo durante la época colonial y hasta principios del siglo XX, arrasando varias de ellas hasta emparejar el suelo y quizás incluso para levantar con sus adobes muchas de las primeras casas de los barrios emblemáticos de la ciudad con vista al mar: Miraflores, San Isidro y Barranco.
De mis lecturas de algunas novelas de Vargas Llosa ya tenía yo una visión más o menos preliminar de la geografía de los acantilados de Lima, que me fue confirmada junto con la visión de un mar salvaje y gris que atrae a cientos de surfistas de todo el mundo enfundados en trajes de neopreno para soportar la baja temperatura del agua que, según me dicen, no se eleva gran cosa ni durante el verano. No obstante, es lo que hay, y toda la franja costera de Lima es una playa continua llena de facilidades e instalaciones para bañistas en época vacacional y para corredores y deportistas entusiastas a lo largo de todo el año.
Cada uno de los tres barrios citados al principio tiene una "vocación" específica: habitacional, comercial o artística. Sin embargo en mi recorrido, apenas pude distinguir la diferencia entre San Isidro y Miraflores. Siempre comparando con lo que uno conoce, ambas colonias me recordaron por la arquitectura de sus casas y edificios a Guadalajara, México, pues guardan una combinación de casas de los años cincuenta del siglo XX con edificios y centros comerciales contemporáneos.
Barranco, por otra parte, tiene el aire añejo y distinguido de sus mansiones decimonónicas, muchas agradablemente renovadas y convertidas en embajadas, departamentos de vivienda, hoteles o comercios; otras, abandonadas pero protegidas esperando el momento de su renacimiento. En mi caminata pude observar parques bien conservados llenos de flores y árboles que le dan un encanto peculiar a esta zona, que definitivamente no pude emparejar con las de otras ciudades que yo conozca, pues es muchos lugares a la vez: es un barrio con identidad única.
No en balde Barranco es considerado aún --y así se promociona--, como el barrio de los artistas. En décadas pasadas debió ser un lugar más o menos económico para residir, lleno de belleza natural y de la belleza de la pátina decadente de los edificios que fueron refugio e inspiración de pintores, escritores y compositores. De éstos hay numerosas placas y murales esparcidos por su calles, algunas vías bajan hasta la playa.
Me gustó estar en Barranco para encontrarme con la estatua de Chabuca Granda, autora de canciones para mí entrañables como La flor de la canela o Fina estampa, que aprendí en mis años juveniles y que si me apuran un poco, todavía puedo cantar y tocar en la guitarra.
Esta evocación me trajo el recuerdo de mi hermano Rubén, fallecido hace seis años, con quien en ocasiones entonaba esas canciones, y al que le gustaba tanto el Perú que lo visitó cuatro veces. De hecho, el último de los viajes que realizó fue a este país.
Por eso me llenó de emoción atravesarme con la figura de Chabuca, junto a la cual hay otra de un jinete con sombrero ancho, que me imagino es la personificación del caballero de fina estampa.
A partir de ahí seguí mi intuición y mi imaginación poética a lo largo de un puente, de una alameda y de un sendero adornado con geranios, lugares abundantes en grafitis muy bien realizados que refieren a los artistas que deben ser el orgullo e inspiración de los habitantes del barrio.
De Lima partimos vía aérea hacia Cusco, que de momento solo observé desde un mirador en el que se encuentra una figura en piedra de un Cristo con los brazos extendidos, como el de Río de Janeiro, y al que llaman aquí el Cristo Blanco para distinguirlo del Cristo Redentor brasileño.
Nos dirigimos hacia lo que es conocido como El Valle Sagrado de los Incas, en cuya parte central serpentea el río Urubamba que va a dar hasta la Amazonía. El curso de este río está flanqueado por las montañas de los Andes, nevadas las más altas de ellas. En la planicie hay numerosas granjas dedicadas a diferentes cultivos; aquí uno de los más importantes es el maíz blanco gigante, una variedad desarrollada localmente y que ya se exporta incluso a los Estados Unidos. Este cereal es originario de América como lo comprueba el hallazgo en la zona de pequeñas mazorcas primitivas, fosilizadas.
En esa misma granja donde se cultiva maíz blanco gigante, hubo oportunidad de visitar un criadero de cuy (cuyos), roedores de menor tamaño que los conejos, que en México u otros países son considerados mascotas, pero que aquí son consumidos cotidianamente, cocinados al horno o en barbacoa. Llama la atención que estos animales están prácticamente ciegos, por lo que viven en cuartos obscuros en los que una fogata continua en una esquina les proporciona calor y un humo que a ellos no les afecta, pero que mantiene a raya a insectos e infecciones. Los cuy son alimentados con alfalfa fresca, de la cual obtienen no solo el alimento sino toda el agua que necesitan.
"Inca" es un término convencional para referirnos en general a los habitantes antiguos de estos parajes: actualmente hablamos de los incas o del imperio inca; pero vale aclarar que sólo el emperador (tuvieron nueve) era denominado el Inca y los pobladores eran llamados por el nombre de la lengua que hablaban, en este caso el quechua, por lo que eran llamados los "quechuas".
La lengua quechua se mantiene viva, es la segunda lengua oficial del Perú y se enseña en las escuelas a la par del español. Sin embargo, existen en el país otras lenguas indígenas todavía con numerosos hablantes que también reciben la atención y el apoyo estatal, entre ellas el aymara y el uro.
En cuanto a escritura, pregunté mucho a nuestros guías e hice alguna búsqueda en internet y todo indica que por alguna razón, debido tal vez a un secretismo y clasismo extremos en el que sería preferible transmitir los conocimientos de manera oral, los incas no desarrollaron ningún sistema de escritura como no sean (quizás) los pictogramas de sus textiles, que hasta hoy se analizan concienzudamente en algunas universidades tratando de encontrar equivalencias entre símbolos y palabras o sonidos.
Mención aparte merecen los quipus, que eran un conjunto de lazos o cuerdas con nudos dobles o triples repartidos a distancias diferentes, una especie de ábacos para llevar la contabilidad de las cosechas y de los tributos. Existen testimonios coloniales de los personajes que tenían la habilidad de manejar dicho sistema de cuentas, y que sin mayor esfuerzo "leían" los números dispuestos en estos lazos. En la actualidad no existe ya nadie que pueda descifrarlos.
En la parte alta de esta misma región de Cusco existen unas salinas antiguas --las salinas de Maras-- que han sido explotadas desde tiempos pre-incaicos: de lo alto de una montaña brota hasta hoy un continuo manantial de agua salada (el único del que se tenga conocimiento aquí) que ha sido canalizado por generaciones hacia un sistema de albercas rectangulares de baja profundidad. El agua, conducida por gravedad y retenida en esas pozas mediante válvulas y desvíos manuales, va a dar finalmente al río Urubamba en el fondo del valle.
En Maras suman hoy centenares de pozas distribuidas en esa enorme cuenca de la montaña que por lo mismo ha tomado un aspecto singular, espectacular. En estas piscinas, por evaporación se van concentrando los cristales de sal de diversos tonos que van del rosado intenso al blanco, y que son recolectados cada cierto tiempo mediante una distribución rotativa del trabajo comunal, puesto que el llenado y acarreo de costales se lleva a cabo de forma manual y las pozas más distantes implican mayor esfuerzo y tiempo de labor.
Cerca de aquí, también en lo alto de los Andes, están las ruinas circulares de Moray (no puedo evitar pensar en algún título de Borges), de la cual voy a hablar más adelante. Cabe decir que la mayoría de las ciudades incas se encontraban en lo alto de las montañas, quizá como estrategia defensiva, a la vez que se mantenían a salvo de las frecuentes inundaciones y los deslaves que asolaban los valles.
Considérese que la zona es de alta sismicidad y una técnica de construcción realizada sobre, o en torno a, enormes "piedras madre" naturales firmemente asentadas en las cumbres garantizaba solidez en la edificación de los muros de terrazas, viviendas y templos que perduran hasta hoy. Las techumbres eran siempre de paja y de madera, lo que añadía un elemento extra de seguridad a los habitantes en caso de sismos. Todas las edificaciones eran de uno o dos niveles como máximo; en las de dos pisos el techo intermedio era también de madera y bejucos.
Cultivaban sus alimentos construyendo terrazas que seguían la forma de las montañas. Incluso para el ojo poco experto, son claramente distinguibles las líneas horizontales rectas u onduladas de estas plataformas en varias de las cumbres que custodian el Valle Sagrado, algunas ya semi-ocultas por la maleza, en otras todavía se realizan cultivos como hace siglos. Generalmente buscaban en lo más alto un arroyo que era canalizado para el riego mediante acueductos tallados en piedra, se disponían fuentes para el abastecimiento diario de los habitantes de cada ciudadela, y se construían junto a las terrazas almacenes con ventilación para guardar los granos cosechados en el invierno.
Los muros de las terrazas medían por lo general unos tres metros de altura por cuatro o cinco de ancho para sembrar, y cada nivel tenía un juego de escalones laterales. Incluso en caso de un ataque, los posibles enemigos se encontrarían a plena vista y tardarían demasiado tiempo en ascender hasta las ciudadelas incas, que estaban amuralladas, y contaban con miradores para vigilancia y entradas únicas provistas de puertas abisagradas de madera gruesa.
Es asombroso pensar que el florecimiento de todo este sistema de ciudades, fortalezas y terrazas que derivó en un imperio cuya extensión llegó a abarcar lo que es hoy el Perú, Ecuador y Bolivia, así como partes de Colombia, Chile y Argentina, ocurrió en un lapso relativamente corto, de trescientos años, hasta que fueron abandonadas súbitamente por su habitantes ante la amenaza de los conquistadores españoles encabezados por Pizarro. Para mí fue inevitable relacionarlo con el rápido surgimiento del imperio azteca y su total desintegración en un lapso similar.
Ambas civilizaciones no surgieron espontáneamente de un día para otro con todo y sus conocimientos agrícolas, médicos, astronómicos o de arquitectura; con su escuelas, su arte, sus cosmogonías y su organización social escrupulosamente detallada. Fueron el fruto de siglos de decantación de valiosos conocimientos orales de pueblos anteriores a ellos, asentados en sus respectivos lugares por un proceso civilizatorio inducido al descubrir los beneficios de la agricultura intensiva sobre la simple recolección y el semi-nomadismo.
En cuanto a Moray, cuyo sistema de terrazas es de forma circular, en el hueco de una montaña, los investigadores han descubierto que ello les permitía mantener diferentes temperaturas según la profundidad a la que cada terraza estaba dispuesta. Así mismo el ángulo de iluminación y la protección de los vientos convertían a este lugar en un "campo experimental" donde se hacía la adaptación de cultivos procedentes de zonas más templadas e incluso de la Amazonía.
De regreso a a Cusco, las ruinas de la ciudad antigua se encuentran en lo alto de una colina (la ciudad colonial está en el fondo de un valle). El nombre de este conjunto arqueológico es Sacsayhuaman, e impresiona por el tamaño de los bloques de cantera que se utilizaron en su construcción, monolitos algunos de casi 10 metros de altura y un peso de decenas de toneladas. ¿Cómo fue que los movieron? Hoy parece que el misterio está resuelto y se limita a un sistema de arrastre mediante troncos y cuerdas que iban colocando sucesivamente debajo de cada piedra.
Más asombra la precisión de los bordes, pues estas piezas gigantescas encajan unas con otras con precisión milimétrica: los artesanos o albañiles que las trabajaron fueron expertos en su oficio.
En cuanto a Cusco, destaca la altitud a la que está localizada, a más de 3000 metros de altura, lo que dificulta la estadía a muchas personas con afecciones respiratorias o cardiacas. En la mayoría de los hoteles y en casi todos los transportes turísticos de Cusco hay tanques de oxígeno por si acaso...
Aunque la mejor manera de acostumbrarse a su aire enrarecido, dicen que es mediante el consumo de un té de hojas de coca. Es algo tan común que pierde toda novedad al ser servido en los cafés y restaurantes tan fácilmente como cualquier otra bebida. Precaución: solo en algunas regiones del Perú se produce la hoja de coca de manera controlada, se distribuye bajo vigilancia estricta y está estrictamente prohibido llevarla fuera del país. Para los peruanos es algo natural y al igual que el café, con el consumo habitual deja de ser tan estimulante.
Cusco es una ciudad de maravillas levantada sobre ruinas antiguas utilizando las mismas piedras. A veces una construcción indígena ha servido de cimiento para un edificio colonial. En otras, algunos muros fueron aprovechados como murallas de conventos y palacios. Hay plazas hermosas con fuentes y jardines, numerosos comercios con artesanías, cerámicas, ropa confeccionada con lana de llamas, vicuñas o alpacas, y decenas de callejuelas empedradas que bajan desde los cerros circundantes.
El aire es seco y el cielo transparente. Los visitantes deben caminar por sus calles sin prisa a fin de no marearse o agotarse con rapidez. Eso solo agrega la oportunidad de observar con mayor detenimiento cada detalle del entorno. Se puede visitar la catedral, donde el enorme altar de algún santo está provisto de motor y ruedas a fin de pasearlo cada año en procesión solemne.
En alguna estación del Valle Sagrado abordamos el tren que nos llevaría hasta Machupicchu, la más famosa de las ciudades incas, situada en lo alto de una plataforma pétrea a 2400 metros de altura, rodeado por el río Urubamba, que corre al fondo, en medio del esplendor esmeralda de las montañas.
(PAUSA DE AÑOS: el 23 de septiembre de 2026 he retomado ESTE ESCRITO PARA FINALIZARLO DE MEMORIA).
El interior del famoso tren es una especie de sueño colonial: lámparas tipo Tiffany en las mesas, sillas y cortinas de terciopelo, alfombras, cubertería y vajillas finas, menú con vinos y champán.
El trayecto debió durar un par de horas. Bajamos en una estación terminal llamada Aguascalientes y casi de inmediato abordamos un autobús que nos llevó cuesta arriba unos veinte minutos, caracoleando por el cerro. Finalmente arribamos al hotel que se encuentra adjunto al sitio arqueológico. La entrada al lugar está muy bien organizada por el gobierno peruano de tal manera que solo se admite cierta cantidad de visitantes al día a fin de no deteriorar las ruinas, fundamentalmente hechas de piedras ensambladas.
El guía que nos recibió ahí por parte de la agencia ya tenía listos los boletos para acceder al sitio a determinada hora por una caseta con torniquete. Luego de una breve espera, traspasamos el umbral y por el resto del día deambulamos entre casas, almacenes, fortificaciones, graneros, adoratorios, observatorios astronómicos y terrazas de cultivo mientras el guía peruano nos iba explicando la historia de cada uno. De hecho, los antiguos incas aprovecharon las enormes rocas ya clavadas de manera natural en esa altura (poco más de 2000 MSNM) y las utilizaron como base de sus construcciones agregando muros y techumbres ensamblados con piedras de dimensiones regulares perfectamente niveladas y entre las cuales, en efecto como dice la leyenda, "no entra ni el filo de una navaja".
Quedó claro que el sitio fue ocupado por los nobles de este pueblo, quienes eran educados para regirlo accediendo a una educación superior que incluía las ciencias agrícolas e hidráulicas, así como el uso de la astronomía para prever los ciclos de siembra y posiblemente cierta adivinación del futuro. En uno de los observatorios, el guía señaló una especie de ganchos de piedra repartidos regularmente en las cuatro paredes del recinto, admitiendo que nadie sabía exactamente para qué se utilizaban. Yo sugerí un tendido de hilos, una cuadrícula para registrar el cielo en cuadros que podían dibujarse acostados en el suelo y se le hicieron los ojos de plato. No sé si resolví el misterio, pero el guía no paró de elogiar mi "descubrimiento" a lo largo del día agregando que lo iba a comentar con los arqueólogos.
Varias llamas se pasean libremente por el lugar, lo que le agrega un componente de autenticidad. Al final vino la ascensión del Waina Picchu, la enorme roca que custodia y corona las alturas de la ciudadela, y desde donde se observa, allá abajo, el río que bordea la selva amazónica. ¡El 70% del territorio de Perú consiste en una selva mayormente inexplorada, donde aún habitan tribus desconocidas!
Gracias a mi rutina de entrenamiento físico fui capaz de ascender más o menos rápidamente hasta la cumbre, pasando por varios sitios antiguos de observación cincelados en la piedra. El guía, nuevamente asombrado, me comentó (quizás buscando una buena propina, no me engaño pero tampoco descarto su sinceridad, pues mi condición era excelente) que lo normal para él era subir con oficinistas urbanos que a medio camino se regresaban cuando el cansancio y el aire ralo hacían presa de ellos. No lo sé, la ascensión sí tiene alguna dificultad, pero la cima, la vista de los picos por encima de las nubes, la estupenda foto todo empapado en sudor pero sonriente que me tomó el guía, me dejó una sensación de victoria que todavía saboreo.
Y continuará...