Sábado por la noche en el Lunario de la Ciudad de México. Asistí al Funky Reven con Fiusha y los Músicos de José.
Para quienes aún no se han dado cuenta, existe un movimiento musical creciente a favor del funk, la tendencia originalmente creada por James Brown en los años 60.
No podría decirse que de manera silenciosa, pero sí poco a poco, los grupos en México y Latinoamérica que comparten esta onda (¿retro?) comienzan a abrirse como flores por la mañana después de la larga noche a la que nos sometieron por años los ruidosos y agresivos raperos, hiphoperos y reguetoneros que todavía dominan la escena en nuestros países, en general haciendo gala de su increíble mal gusto.
Apenas hace un par de años, en el Zinko Jazz Club, me tocó escuchar un grupo de Guadalajara que enarbolaba el funk como su principal bandera. En ese momento sí pensé que había mucha tela musical de dónde cortar todavía, aunque lo consideré una ocurrencia trasnochada de y para conocedores. Ello sin contar con la brecha generacional…
Luego de un recorrido que les ha tomado por lo menos diez años de lucha y evolución, - me entero por los datos en sus discos y en sus páginas de Internet-, Fiusha y los Músicos de José se erigen como los ejemplos mexicanos de un funk renovado, lúdico, fresco, elegante y cachondo, a tono con nuestra sensualidad latina (Esto último, si es que de eso se trata para despedir el horrísono estruendo de lo que hasta ahora ha imperado).
El Lunario tuvo una entrada decorosa, no hubo lleno, no apreturas, pero tuve la oportunidad de realizar una observación cuidadosa de la concurrencia: adiós a las playeras negras, a la celebración de la muerte y la depresión: el funk festeja la vida.
Tengo desde hace meses el primer y -único hasta ahora- disco de Fiusha, que se ha me ha convertido en un favorito. Sin embargo, su tocada en vivo me resultó más bien decepcionante, y pude notar que hasta para los integrantes de la banda fue así: algo en la mezcla de sonidos que no cuadró, al grado de hacer inentendibles las letras de la mayoría de las canciones (era notorio el sufrimiento de los vocalistas).
La batería, a nivel excesivo, lastimaba los oídos sin remedio. Los detalles finos del tecladista se perdían en confusión. Todo dio por resultado que el esperado Reven por parte de Fiusha jamás prendiera entre la gente, que se contentó con ir trabajosamente reconociendo, casi adivinando, las rolas que en su disco se disfrutan con nitidez.
Llegados a este punto, pensé que tal vez mi edad o lo desacostumbrado que pudiera estar a un ambiente de “groove”, me hacían añorar la acústica desde la comodidad de mi oficina.
Pero hete aquí que veinte minutos después llegan los Músicos de José al mismo escenario y la diferencia en la calidad del sonido se hace notar de manera instantánea. No obstante que yo no conocía en especial ninguna de las piezas de esta banda, no pasaron más de tres minutos para que me envolviera una calidez en la que para empezar eran reconocibles todos los instrumentos por separado.
De manera mágica la noche tomó otro giro, y rápidamente las piezas nos llevaron a ese delicioso momento tribal en el que pasamos de la simple escucha al contoneo rítmico y colectivo del cuerpo.
Misma calidad de ejecución, mismos instrumentos (aunque Los Músicos adicionan metales), idéntico talento compositivo, mismo escenario, diferentes mezclas de sonido, distinto resultado: el Reven sí se dio.
Fiusha seguirá siendo de mis favoritos, espero con ansias el siguiente disco, y estoy seguro que corregirán lo que haya estado fuera de lugar esa noche. Pero la sorpresa de la música de los Músicos… Hay que seguir con atención a esta banda, que fusiona con alegría el funk con la cumbia o el klezmer; el soul con la salsa o la polka. Nunca los vi sufrir en el escenario: era evidente su gozo, la buena vibra que finalmente acabó por abrazarnos a todos en su armoniosa onda expansiva.
Saludos a Nezíj y a María José.
domingo, 29 de agosto de 2010
martes, 24 de agosto de 2010
EL NEGRO
Yo también tengo las manos manchadas. Adoro el olor de la tinta fresca. Me gusta observar los reflejos de la tinta antes de revolverla para colocarla en la malla o en la máquina de impresión. Me gusta constatar su firmeza, su claridad, la pureza con que devuelve la luz, distorsionada y brillante, como en los espejos de Chapultepec donde reíamos de niños viendo las figuras deformadas: el enano, el gordo, el jorobado, el aplastado, el patotas.
El olor a barniz, a solventes, a pigmentos, es mezcla de olores sugerentes. “Me gustas porque hueles bonito”, me decías entonces, acercando la punta de tu nariz al cuello de mi camisa, porque entre mi piel y la tela se concentraban los químicos durante las horas de trabajo, haciéndome luego exudar el característico perfume del impresor. Y aspirabas fuerte, olisqueando como conejo, haciéndome cosquillas y regodeándote en el –según tú- agradable aroma. Hasta recuerdo que entre broma y veras, alguna vez lo confesaste todo: “Me enamoré de ti por tu olor”, reprochándome el cambio de mis actividades por unas de medio burócrata que nada tenían que ver con la luz.
Y ese negro brillante, esa goma de xantano, ese carbón, esa hulla, ese óxido que de tan azul profundo resulta negro, lo balanceas en el extremo de la espátula. Es el mundo en vilo en la punta de tu herramienta, lo que está a punto de suceder y de anunciarse, es decir, de pre-verse como en una premonición. ¿Qué papel será finalmente manchado por qué moléculas negras? Hormigas finas y translúcidas comeluz, letras y palabras que harán la diferencia con el papel, el contraste, luz amortiguada y puesta a buen recaudo, vigilada por negros carceleros que dormirán aplastados unos contra otros en sus blandas camas mientras la Historia dure lo que tenga que durar; hasta que los elementos o los hongos o algún insecto vuelvan a fundir los significados en el estómago del Todo.
El negro es el primer color. El más agradable, el más brillante y vivo. El que todo lo permite, el que no admite medias tintas. El negro grita fuerte: bien puesto no deja lugar a dudas. Es lo que es sin vacilaciones. Otros se disolverán, se confundirán con el soporte, se tornarán invisibles con el tiempo, palidecerán. El negro quema: es rastro inequívoco, ceniza donde hubo incendio, lumbre. Esta página, una vez definitiva, abandonará mis manos, mi mente, cualquier cosa de más que se me ocurra después, y no habrá entonces remedio, ni existirá retorno. Estará condenada a provocar gozo o náuseas a regocijo o a pesar mío. Se igualarán las sombras para siempre, pues nunca sabré si detrás de mí, de mi existencia, alguien ose asomarse a este escrito.
Por eso siempre abro con algo de reverencia los libros viejos, mientras más viejos, mayor respeto, casi seguro de sostener el certificado de defunción de su autor. Hurgo entonces en la mente del muerto con un placer que raya en la insania: me estoy leyendo a mí mismo.
El olor a barniz, a solventes, a pigmentos, es mezcla de olores sugerentes. “Me gustas porque hueles bonito”, me decías entonces, acercando la punta de tu nariz al cuello de mi camisa, porque entre mi piel y la tela se concentraban los químicos durante las horas de trabajo, haciéndome luego exudar el característico perfume del impresor. Y aspirabas fuerte, olisqueando como conejo, haciéndome cosquillas y regodeándote en el –según tú- agradable aroma. Hasta recuerdo que entre broma y veras, alguna vez lo confesaste todo: “Me enamoré de ti por tu olor”, reprochándome el cambio de mis actividades por unas de medio burócrata que nada tenían que ver con la luz.
Y ese negro brillante, esa goma de xantano, ese carbón, esa hulla, ese óxido que de tan azul profundo resulta negro, lo balanceas en el extremo de la espátula. Es el mundo en vilo en la punta de tu herramienta, lo que está a punto de suceder y de anunciarse, es decir, de pre-verse como en una premonición. ¿Qué papel será finalmente manchado por qué moléculas negras? Hormigas finas y translúcidas comeluz, letras y palabras que harán la diferencia con el papel, el contraste, luz amortiguada y puesta a buen recaudo, vigilada por negros carceleros que dormirán aplastados unos contra otros en sus blandas camas mientras la Historia dure lo que tenga que durar; hasta que los elementos o los hongos o algún insecto vuelvan a fundir los significados en el estómago del Todo.
El negro es el primer color. El más agradable, el más brillante y vivo. El que todo lo permite, el que no admite medias tintas. El negro grita fuerte: bien puesto no deja lugar a dudas. Es lo que es sin vacilaciones. Otros se disolverán, se confundirán con el soporte, se tornarán invisibles con el tiempo, palidecerán. El negro quema: es rastro inequívoco, ceniza donde hubo incendio, lumbre. Esta página, una vez definitiva, abandonará mis manos, mi mente, cualquier cosa de más que se me ocurra después, y no habrá entonces remedio, ni existirá retorno. Estará condenada a provocar gozo o náuseas a regocijo o a pesar mío. Se igualarán las sombras para siempre, pues nunca sabré si detrás de mí, de mi existencia, alguien ose asomarse a este escrito.
Por eso siempre abro con algo de reverencia los libros viejos, mientras más viejos, mayor respeto, casi seguro de sostener el certificado de defunción de su autor. Hurgo entonces en la mente del muerto con un placer que raya en la insania: me estoy leyendo a mí mismo.
viernes, 20 de agosto de 2010
PAYASOS Y MIOPES
Me pregunto cuántos candidatos a gobernador asesinados necesitarán los priístas para dejar atrás su mezquindad y sentarse a trabajar con nuestro Presidente para atacar a fondo el problema del crimen organizado.
Como sociedad debemos exigir a los coordinadores tricolores del Senado y de la Cámara de Diputados que se dejen de payasadas y tengan la cortesía de sentarse a debatir los grandes temas nacionales cuando se les convoque, pues para eso se les paga.
Como sociedad debemos exigir a los coordinadores tricolores del Senado y de la Cámara de Diputados que se dejen de payasadas y tengan la cortesía de sentarse a debatir los grandes temas nacionales cuando se les convoque, pues para eso se les paga.
martes, 10 de agosto de 2010
DOS POEMAS CÓSMICOS
SUCEDE ANOCHE
Deriva de continentes,
pliegues y fracturas abisales
de un Corazón ardiente y líquido.
Cartesiano ubico tus ojos
en furioso centro
de telúrico planeta.
Tremores, ráfagas,
elementos nuevos,
transformación profunda del paisaje
en una sanguínea química y futura.
De lo alto llegan luces:
un ciego relámpago
alcanza al tacto
tus profundas aguas.
Es hora de las rotaciones
y el cambio de ejes,
restablecer el antiguo polo
midiendo la inclinación
en el sextante de tus dedos.
Referencia: norte
Latitud: aproximada
Posición: tu cuerpo
De la pangea fragmentada venimos.
Añadimos como siempre
eones a la suma por sí
infinita
de nosotros.
EL NECIO
Habré de hacerme oír
cuando no quede seña de lenguajes
ni escritura humana.
En honda pulsación fuera de órbita
alguna intermitencia mía
se mostrará inteligente.
Leve música de mi nostalgia
acosará futuras naves,
y astronautas inconcebibles
asediados por una última aurora,
escucharán voces a la débil luz
de mi más potente grito
Cierta vibración, algún pautado ritmo
redundará por siglos en el espacio
hasta formar la improbable piedra
asteroide de la Memoria.
Fragmentada, alcanzará sin duda
superficie de planetas nuevos,
sacudirá su milenario polvo
ante miradas extrañas
que brillarán morbosas
con una breve incandescencia.
Iluminadas,
festejarán la supuesta disolución
de este necio, contumaz recuerdo.
Deriva de continentes,
pliegues y fracturas abisales
de un Corazón ardiente y líquido.
Cartesiano ubico tus ojos
en furioso centro
de telúrico planeta.
Tremores, ráfagas,
elementos nuevos,
transformación profunda del paisaje
en una sanguínea química y futura.
De lo alto llegan luces:
un ciego relámpago
alcanza al tacto
tus profundas aguas.
Es hora de las rotaciones
y el cambio de ejes,
restablecer el antiguo polo
midiendo la inclinación
en el sextante de tus dedos.
Referencia: norte
Latitud: aproximada
Posición: tu cuerpo
De la pangea fragmentada venimos.
Añadimos como siempre
eones a la suma por sí
infinita
de nosotros.
EL NECIO
Habré de hacerme oír
cuando no quede seña de lenguajes
ni escritura humana.
En honda pulsación fuera de órbita
alguna intermitencia mía
se mostrará inteligente.
Leve música de mi nostalgia
acosará futuras naves,
y astronautas inconcebibles
asediados por una última aurora,
escucharán voces a la débil luz
de mi más potente grito
Cierta vibración, algún pautado ritmo
redundará por siglos en el espacio
hasta formar la improbable piedra
asteroide de la Memoria.
Fragmentada, alcanzará sin duda
superficie de planetas nuevos,
sacudirá su milenario polvo
ante miradas extrañas
que brillarán morbosas
con una breve incandescencia.
Iluminadas,
festejarán la supuesta disolución
de este necio, contumaz recuerdo.
martes, 20 de julio de 2010
TURQUÍA HUELE A FLORES








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Cuando llegamos a Estambul, pensé que mañosamente, el personal de la agencia de viajes que había ido por nosotros al aeropuerto, de manera intencional nos estaba dando un paseo por “lo bonito” hasta llegar a nuestro hotel.
Parques con el pasto impecablemente verde y rasurado, decenas de cafés y restaurantes llenos a rebosar, amplias avenidas, niños jugando, gente vestida elegantemente, mujeres en minifalda, ejecutivos de saco y corbata esperando el metrobús, automóviles de modelo reciente, bancas con enamorados besándose, construcciones antiguas pero bien conservadas, edificios ultra modernos; orden, limpieza y flores, muchas flores.
¿Dónde los árabes y su caligrafía? ¿Dónde los musulmanes barbudos de mirada torva? ¿Dónde los camellos, los tendidos de lonas de los bazares, las mujeres de las que sólo se conocen los ojos? ¿Y los ladrones que secuestrarían a nuestras mujeres? ¿Y los policías que nos pedirían de manera grosera nuestros papeles y nos extorsionarían para no llevarnos a la célebre prisión del expreso de medianoche?
Pues todas esas patrañas fueron cayendo por su peso al cabo de los días. Turquía hoy es un país como el que probablemente los mexicanos tendríamos qué aspirar a ser. Ellos son tan musulmanes como nosotros católicos: pocas expresiones encontré de fanatismo en la gente. Tienen su propia moneda, la lira turca, que de tan estable ya no les interesa sustituirla por el euro e ingresar a la CCE ¿Para qué?
Turquía, hasta el comienzo del siglo XX, era el enorme imperio otomano que abarcaba lo que hoy es Siria, Palestina, Arabia, Libia, Marruecos, Rumania, Bulgaria…territorios de los que al término de las guerras, ingleses y franceses dispusieron o se repartieron de manera generosa conforme a sus intereses estratégicos.
Algo de esa grandeza antigua, cierta altivez, se percibe en la mirada de los habitantes de la actual Turquía. “No somos árabes”, insisten. De hecho, su líder histórico, Ataturk, en sólo quince años los llevó a olvidarse del Corán como única lectura, del fez y de la caligrafía árabe, para instituir de manera obligatoria la educación laica, la vestimenta y el alfabeto occidentales como instrumentos de modernización y progreso para su pueblo.
Tienen seguro social, pagan impuestos, el campo es de propiedad privada aunque se trabaja colectivamente. Respetan y aman las leyes, su historia, los monumentos, museos y sitios arqueológicos. Prácticamente no encontramos basura ni grafitti. Existen normas estrictas para conservar bosques, ríos, construcciones, y hasta el paisaje mismo. En carretera nadie maneja a más de 70 km/hr, por lo que supongo, los accidentes de tránsito han de ser escasos.
Aún en las ciudades más pequeñas y apartadas, es una constante el esquema de construcciones cuidadas, parques llenos de flores y plazas arboladas, avenidas amplias y bien pavimentadas. Niños de cinco o seis años caminan solos y uniformados hacia sus escuelas. La publicidad espectacular es esporádica y situada de manera estratégica para no afear el ambiente. Quien conoce Europa, pudiera suponer estar en Londres si visita Estambul, o en algunas ciudades de Francia, si visita el interior, con mujeres que eventualmente utilizan pañoletas.
Turquía es un país que por dondequiera huele a flores, repleto de viñedos, olivos y cipreses, entre los que destacan, aquí y allá, los minaretes y cúpulas de las majestuosas mezquitas que antes fueron iglesias, que mucho antes fueron construcciones romanas, y que primero fueron mármol de templos griegos.
No hay que olvidarlo, la mitad del mundo griego que conocemos en los libros de historia, está situado en lo que hoy es Turquía: Efesos, Mileto, Troya, Pérgamo, por citar algunos nombres.
Y de tanto cruzarse los rumbos de la historia y las culturas por estas tierras, Ulises, Alejandro Magno, Ciro de Persia, Afrodita, Adriano, Constantino, Ataturk, Ricardo Corazón de León y muchos más, gente o leyenda, se encuentran todos aquí reunidos en armoniosa convivencia.
Muchas preguntas quedan pendientes para responder. Pero la primera impresión es altamente positiva. No es que nos hayan llevado de paseo sólo por los rumbos “nice” de Turquía: es que todo su territorio mantiene un estándar de bienestar que ojalá pudiéramos alcanzar en México, tomando ejemplo de lo bueno que un país tan similar al nuestro –rica tradición histórica, densidad de población, recursos naturales, clima, geografía- ha logrado de manera espectacular en tan solo unos cuantos años.
viernes, 21 de mayo de 2010
TENANGO DEL AIRE
El pasado sábado 15 de mayo fui invitado a presentar el libro “La Tarde se consume” de Luis Carlos Minjárez.
A las 12 del día pasé por María Ángeles Juárez y Georgina Herrera, sobre la Av. Fray Servando Teresa de Mier de la Ciudad de México. Considerando el intenso tráfico en la salida a Puebla, calculé un par de horas para llegar a Tenango del Aire, lugar de la presentación.
El camino fue cómodo, a excepción de algunos kilómetros de más, ya que por no contar con un mapa a la mano, y por no existir en ningún lado señalamientos específicos, nos perdimos un poquito. Finalmente arribamos con bien a la plaza principal del lugar.
En lo que hacíamos tiempo para que llegasen por nosotros procedentes de Chapingo, aprovechamos para curiosear por el sitio que es bastante pintoresco, con una enorme iglesia restaurada, de la que se aprecian partes de la primera construcción.
En el atrio, unos gruesos y retorcidos troncos de olivo me emocionaron al contemplar la antigua señal de vida sembrada ahí por los frailes que edificaron la iglesia. Siglos después, todavía hay retoños brotando de la madera seca y blanca.
Leímos las inscripciones de algunas lápidas adosadas a los restos de un muro: todos los muertos son de 1912, año que no nos pareció tan antiguo quizá por proceder nosotros mismos de las entrañas del siglo XX. Sin embargo, es una fortuna consignarlo aquí, a mis cincuenta y un años, gozando de absoluta salud y lucidez (eso creo, o tal vez no he sido suficientemente examinado).
El interior de la iglesia tiene mucho encanto y varios nichos vacíos: esperemos que no sea por el robo de arte virreinal, ya que el patrimonio artístico del Estado de México ha sido sistemáticamente saqueado por coleccionistas sin escrúpulos.
Dimos una vuelta por la sacristía, con un patio central donde el tiempo fluye lento de una callada fuente.
Al salir, apreciamos la bondad del día: un cielo continuo apenas marcado por algunas nubes aisladas, quietud acompañada por la verde vista del prado y por los árboles del recinto; temperatura exacta del aire que apenas se dejaba sentir.
Hacia el mercado, los puestos de mercancías diversas ofrecen sus productos. Es unánime nuestra apreciación: el Ayuntamiento debiera regular -y en el mejor de los casos vetar- al que ofrece discos pirata, que sin ningún recato lanza a todo volumen las estentóreas notas de las bandas del momento. Mala música que ensucia el paisaje del tranquilo kiosko y las aves que pueblan el parque. Yo no recomendaría altavoces para la plaza: sólo silencio.
Pasamos también frente a la presidencia municipal, donde unas placas nos refieren la etimología de Tenango Tepopula (“en la muralla destruida”), y que a partir de 1812, por los remolinos de viento frecuentes en el lugar, pasó a denominarse “del Aire”.
Una vez que llegaron Luis Carlos Minjárez, Rosa Ivette Tapia y toda la comitiva en una gran camioneta, nos dirigimos a la casa del pintor Nahúm B. Zenil, ubicada a unas calles de la plaza. Conforme nos acercábamos, iba yo admirando la sencillez y tranquilidad del lugar, desde donde se avistan los muy cercanos volcanes del Valle de México.
La casa de Nahúm B. Zenil está construida completamente de adobe, en dos plantas, con un gusto particular que ha aprovechado el clima y la fertilidad del terreno para hacer crecer enredaderas por las paredes exteriores de la casa.
Pasamos por un extenso jardín un tanto salvaje, lleno de flores y fuentes, adornos de piedra, algunas esculturas, magueyes y nopales bien dispuestos, en medio de los cuales se habían colocado mesas y sillas. Los de Chapingo llevaron cazuelas con mole, tinga, nopales, etcétera, con los cuales saciamos nuestra hambre.
Un rato después, de manera un tanto apresurada, pues se acercaba la hora de la presentación, entramos a la casa para ver las obras que estaban exhibidas. Debo explicar que la casa del pintor es al mismo tiempo una galería, es decir, los espacios que él utiliza habitualmente para dormir, ver la televisión, leer o cocinar, están adornados con cuadros y objetos diversos (máquinas, libros, vitrinas, cajas, repisas) producidos por él y por otros artistas que acuden de manera regular a los talleres que organiza de manera permanente en Tenango del Aire.
El estilo de Nahúm B. Zenil es fuerte, intentando casi siempre exorcizar los aparentes demonios vitales que le acosan, o por lo menos eso deja ver en su obra, aunque él en persona es perfectamente tratable, y -esa impresión me llevé de todo el día-, se ha constituido en una especie de líder cultural en la región por medio de las actividades que idea y coordina personalmente.
Maestría, dominio en el manejo del dibujo. Aún cuando los cuadros en su mayoría sean de formato menor, por las obsesiones y la temática no pude evitar pensar en Julio Galán. Ya después, Roberta me ilustraría señalándome que tanto Nahúm B. Zenil como Julio Galán pertenecen a la misma generación impulsada por el galerista regiomontano Guillermo Sepúlveda.
Luego de nuestro breve recorrido, salimos todos en procesión de regreso a la plaza, hasta el Cine Edén, antiguo recinto restaurado y conservado por una de las familias del pueblo. Hoy está transformado en un embellecido galerón que los domingos abre sus puertas transformado en restaurant. Nos informan que siempre está a reventar, y es lugar de peregrinación de turistas conocedores, ansiosos por encontrar un rincón apacible para comer y un poco de aire puro y áreas verdes para sus hijos. (CONTINUARÁ)
A las 12 del día pasé por María Ángeles Juárez y Georgina Herrera, sobre la Av. Fray Servando Teresa de Mier de la Ciudad de México. Considerando el intenso tráfico en la salida a Puebla, calculé un par de horas para llegar a Tenango del Aire, lugar de la presentación.
El camino fue cómodo, a excepción de algunos kilómetros de más, ya que por no contar con un mapa a la mano, y por no existir en ningún lado señalamientos específicos, nos perdimos un poquito. Finalmente arribamos con bien a la plaza principal del lugar.
En lo que hacíamos tiempo para que llegasen por nosotros procedentes de Chapingo, aprovechamos para curiosear por el sitio que es bastante pintoresco, con una enorme iglesia restaurada, de la que se aprecian partes de la primera construcción.
En el atrio, unos gruesos y retorcidos troncos de olivo me emocionaron al contemplar la antigua señal de vida sembrada ahí por los frailes que edificaron la iglesia. Siglos después, todavía hay retoños brotando de la madera seca y blanca.
Leímos las inscripciones de algunas lápidas adosadas a los restos de un muro: todos los muertos son de 1912, año que no nos pareció tan antiguo quizá por proceder nosotros mismos de las entrañas del siglo XX. Sin embargo, es una fortuna consignarlo aquí, a mis cincuenta y un años, gozando de absoluta salud y lucidez (eso creo, o tal vez no he sido suficientemente examinado).
El interior de la iglesia tiene mucho encanto y varios nichos vacíos: esperemos que no sea por el robo de arte virreinal, ya que el patrimonio artístico del Estado de México ha sido sistemáticamente saqueado por coleccionistas sin escrúpulos.
Dimos una vuelta por la sacristía, con un patio central donde el tiempo fluye lento de una callada fuente.
Al salir, apreciamos la bondad del día: un cielo continuo apenas marcado por algunas nubes aisladas, quietud acompañada por la verde vista del prado y por los árboles del recinto; temperatura exacta del aire que apenas se dejaba sentir.
Hacia el mercado, los puestos de mercancías diversas ofrecen sus productos. Es unánime nuestra apreciación: el Ayuntamiento debiera regular -y en el mejor de los casos vetar- al que ofrece discos pirata, que sin ningún recato lanza a todo volumen las estentóreas notas de las bandas del momento. Mala música que ensucia el paisaje del tranquilo kiosko y las aves que pueblan el parque. Yo no recomendaría altavoces para la plaza: sólo silencio.
Pasamos también frente a la presidencia municipal, donde unas placas nos refieren la etimología de Tenango Tepopula (“en la muralla destruida”), y que a partir de 1812, por los remolinos de viento frecuentes en el lugar, pasó a denominarse “del Aire”.
Una vez que llegaron Luis Carlos Minjárez, Rosa Ivette Tapia y toda la comitiva en una gran camioneta, nos dirigimos a la casa del pintor Nahúm B. Zenil, ubicada a unas calles de la plaza. Conforme nos acercábamos, iba yo admirando la sencillez y tranquilidad del lugar, desde donde se avistan los muy cercanos volcanes del Valle de México.
La casa de Nahúm B. Zenil está construida completamente de adobe, en dos plantas, con un gusto particular que ha aprovechado el clima y la fertilidad del terreno para hacer crecer enredaderas por las paredes exteriores de la casa.
Pasamos por un extenso jardín un tanto salvaje, lleno de flores y fuentes, adornos de piedra, algunas esculturas, magueyes y nopales bien dispuestos, en medio de los cuales se habían colocado mesas y sillas. Los de Chapingo llevaron cazuelas con mole, tinga, nopales, etcétera, con los cuales saciamos nuestra hambre.
Un rato después, de manera un tanto apresurada, pues se acercaba la hora de la presentación, entramos a la casa para ver las obras que estaban exhibidas. Debo explicar que la casa del pintor es al mismo tiempo una galería, es decir, los espacios que él utiliza habitualmente para dormir, ver la televisión, leer o cocinar, están adornados con cuadros y objetos diversos (máquinas, libros, vitrinas, cajas, repisas) producidos por él y por otros artistas que acuden de manera regular a los talleres que organiza de manera permanente en Tenango del Aire.
El estilo de Nahúm B. Zenil es fuerte, intentando casi siempre exorcizar los aparentes demonios vitales que le acosan, o por lo menos eso deja ver en su obra, aunque él en persona es perfectamente tratable, y -esa impresión me llevé de todo el día-, se ha constituido en una especie de líder cultural en la región por medio de las actividades que idea y coordina personalmente.
Maestría, dominio en el manejo del dibujo. Aún cuando los cuadros en su mayoría sean de formato menor, por las obsesiones y la temática no pude evitar pensar en Julio Galán. Ya después, Roberta me ilustraría señalándome que tanto Nahúm B. Zenil como Julio Galán pertenecen a la misma generación impulsada por el galerista regiomontano Guillermo Sepúlveda.
Luego de nuestro breve recorrido, salimos todos en procesión de regreso a la plaza, hasta el Cine Edén, antiguo recinto restaurado y conservado por una de las familias del pueblo. Hoy está transformado en un embellecido galerón que los domingos abre sus puertas transformado en restaurant. Nos informan que siempre está a reventar, y es lugar de peregrinación de turistas conocedores, ansiosos por encontrar un rincón apacible para comer y un poco de aire puro y áreas verdes para sus hijos. (CONTINUARÁ)
lunes, 5 de abril de 2010
LA POSESIÓN ABSOLUTA DEL DESEO

De Cándidos Recreos es el tercer libro de poemas de María Ángeles Juárez Téllez (Tingambato, Michoacán, 1951).
El tiempo transcurrido desde la publicación de su anterior poemario Bajo los Girasoles (La Máquina Eléctrica, Ciudad de México, 1987) hasta la fecha, ha sido en gran parte dedicado por ella a escribir otros libros relacionados con la investigación y la difusión de la obra del escritor campechano Juan de la Cabada, de quien Juárez Téllez fuera asistente en los últimos tres años de la vida de éste.
En los Cándidos Recreos, la autora nos conduce a un viaje pleno de recuerdos, ausencias y erotismo, sobre el camino multicolor sembrado con las flores de su memoria, rebasando el lirismo imperante en mucha de la actual poesía mexicana, donde a veces se olvida que el poema es una máquina en la que cada palabra deberá ajustarse de manera precisa y necesaria al poema, o no escribirse.
Como aconsejaba Rilke, las vivencias infantiles y adolescentes de Juárez Téllez se vuelven aquí detonadores de la experiencia literaria, trascendiendo las consideraciones inmediatas de la autora, y constituyen magnífico pretexto para verter en la matriz del poema, con oficio, el inasible sentido poético que proporciona vida propia a lo escrito.
Con un lenguaje que a veces emplea vocablos poco frecuentados, -pero propios del contexto rural en que ella creció-, la autora enriquece los poemas de De Cándidos Recreos sin falsas pretensiones de erudición, marcando un recorrido con vastos orígenes y múltiples destinos, evidentes en los homenajes que dedica a Raúl Renán, Enriqueta Ochoa, Francisco Cervantes y Juan de la Cabada. El recuerdo de éste último en el poema “Cruzamos La Tarde”, es estremecedor:
(…la muerte…)
humedeció en tu piel
el aroma de nardos
que nacerían en tu sepultura
Existen también los guiños y complicidades con los amigos; invocaciones o despedidas de amantes; así como sucesos vitales que por crudos o dolorosos han sido transferidos a un contexto mágico.
Si el primer criterio fuese el cronológico, la lectura comenzaría por el poema “Bajo el Signo de Cáncer”, desde antes del nacimiento de María Ángeles Juárez, cuando su padre
al expirar la primera mitad
del siglo veinte
arrojó un torrente de lluvia seminal,
tornándome voces
desde el vientre de su universo
y terminaría donde efectivamente, acaba el poemario con la “Carta al Muchacho Capricornio”:
donde Adelaida, mi hija,
es la historia dolorosa de mi sangre.
Pero si nos atenemos al erotismo, el libro parte del poema “De Cándidos Recreos” con una aventura temprana paradójicamente vinculada a lo religioso, pues
en el éxtasis somnoliento de la misa
me dio a besar un dios;
con barba de alambre inclinado
destrozó mis sueños inocentes.
Posteriormente, en “Un Domingo de Agosto” alcanza atinada intersección entre erotismo, religiosidad y desencanto (¿pues qué es el humo de un cirio apagado?):
Emerge de mi vientre
olor a parafina
de misas celebradas en domingo
María Ángeles Juárez practica juego de espejos y referencias donde la unidad del poemario se apuntala tanto en elementos naturales, -las flores casi siempre (nombra al menos veinte distintas clases)-, como en la precisión del tiempo (asienta las fechas, los días, los meses y las estaciones del año).
En paralelo establece otro hilo conductor que asocia lo religioso con las más instintivas de las experiencias, logrando en no pocas ocasiones entonar un endiablado Cántico Espiritual, cuyos temblorosos ciervos y palomas han sido transmutados en yeguas enjaezadas y lobas embravecidas, culminando la pasión de varios de sus poemas en impetuoso arrebato profano, como el exclamado a todo pulmón en “Tiempos de Guardar”:
el silbido del animal supremo
anuncia en los amores de rosa-adolescente,
la posesión absoluta del deseo.
La impecable edición de De Cándidos Recreos a cargo de la Universidad Autónoma Chapingo, con prólogo de Raúl Renán y sendos epílogos de Aura María Vidales y Juan Cervera Sanchís, presenta además como aciertos una portada bien diseñada a partir de una encantadora fotografía de María García, e interesantes viñetas de Midori Adelaida Valle Juárez en los interiores.
De Cándidos Recreos. Juárez Téllez, María Ángeles. Universidad Autónoma Chapingo, México 2009.106 pp.
El tiempo transcurrido desde la publicación de su anterior poemario Bajo los Girasoles (La Máquina Eléctrica, Ciudad de México, 1987) hasta la fecha, ha sido en gran parte dedicado por ella a escribir otros libros relacionados con la investigación y la difusión de la obra del escritor campechano Juan de la Cabada, de quien Juárez Téllez fuera asistente en los últimos tres años de la vida de éste.
En los Cándidos Recreos, la autora nos conduce a un viaje pleno de recuerdos, ausencias y erotismo, sobre el camino multicolor sembrado con las flores de su memoria, rebasando el lirismo imperante en mucha de la actual poesía mexicana, donde a veces se olvida que el poema es una máquina en la que cada palabra deberá ajustarse de manera precisa y necesaria al poema, o no escribirse.
Como aconsejaba Rilke, las vivencias infantiles y adolescentes de Juárez Téllez se vuelven aquí detonadores de la experiencia literaria, trascendiendo las consideraciones inmediatas de la autora, y constituyen magnífico pretexto para verter en la matriz del poema, con oficio, el inasible sentido poético que proporciona vida propia a lo escrito.
Con un lenguaje que a veces emplea vocablos poco frecuentados, -pero propios del contexto rural en que ella creció-, la autora enriquece los poemas de De Cándidos Recreos sin falsas pretensiones de erudición, marcando un recorrido con vastos orígenes y múltiples destinos, evidentes en los homenajes que dedica a Raúl Renán, Enriqueta Ochoa, Francisco Cervantes y Juan de la Cabada. El recuerdo de éste último en el poema “Cruzamos La Tarde”, es estremecedor:
(…la muerte…)
humedeció en tu piel
el aroma de nardos
que nacerían en tu sepultura
Existen también los guiños y complicidades con los amigos; invocaciones o despedidas de amantes; así como sucesos vitales que por crudos o dolorosos han sido transferidos a un contexto mágico.
Si el primer criterio fuese el cronológico, la lectura comenzaría por el poema “Bajo el Signo de Cáncer”, desde antes del nacimiento de María Ángeles Juárez, cuando su padre
al expirar la primera mitad
del siglo veinte
arrojó un torrente de lluvia seminal,
tornándome voces
desde el vientre de su universo
y terminaría donde efectivamente, acaba el poemario con la “Carta al Muchacho Capricornio”:
donde Adelaida, mi hija,
es la historia dolorosa de mi sangre.
Pero si nos atenemos al erotismo, el libro parte del poema “De Cándidos Recreos” con una aventura temprana paradójicamente vinculada a lo religioso, pues
en el éxtasis somnoliento de la misa
me dio a besar un dios;
con barba de alambre inclinado
destrozó mis sueños inocentes.
Posteriormente, en “Un Domingo de Agosto” alcanza atinada intersección entre erotismo, religiosidad y desencanto (¿pues qué es el humo de un cirio apagado?):
Emerge de mi vientre
olor a parafina
de misas celebradas en domingo
María Ángeles Juárez practica juego de espejos y referencias donde la unidad del poemario se apuntala tanto en elementos naturales, -las flores casi siempre (nombra al menos veinte distintas clases)-, como en la precisión del tiempo (asienta las fechas, los días, los meses y las estaciones del año).
En paralelo establece otro hilo conductor que asocia lo religioso con las más instintivas de las experiencias, logrando en no pocas ocasiones entonar un endiablado Cántico Espiritual, cuyos temblorosos ciervos y palomas han sido transmutados en yeguas enjaezadas y lobas embravecidas, culminando la pasión de varios de sus poemas en impetuoso arrebato profano, como el exclamado a todo pulmón en “Tiempos de Guardar”:
el silbido del animal supremo
anuncia en los amores de rosa-adolescente,
la posesión absoluta del deseo.
La impecable edición de De Cándidos Recreos a cargo de la Universidad Autónoma Chapingo, con prólogo de Raúl Renán y sendos epílogos de Aura María Vidales y Juan Cervera Sanchís, presenta además como aciertos una portada bien diseñada a partir de una encantadora fotografía de María García, e interesantes viñetas de Midori Adelaida Valle Juárez en los interiores.
De Cándidos Recreos. Juárez Téllez, María Ángeles. Universidad Autónoma Chapingo, México 2009.106 pp.
Reseña publicada el 03/abril/2010 en el suplemento Laberinto del Diario Milenio.
http://impreso.milenio.com/node/8745240
http://impreso.milenio.com/node/8745240
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