viernes, 12 de agosto de 2016

Anónimo Nobel (Cuento)



Hay oportunidades perdidas sin querer. Como el otro día, cuando frente a los cinemas de arte de Broadway Avenue leía yo un cartel con la reseña de la más reciente película de Woody Allen. 

Un señor de cabello blanco alborotado a lo Einstein y vestido con un extraño saco de parches vistosos, se acercó a mí para decirme que la semana pasada se había encontrado en la calle a Woody acompañado de su mujer, y tuvo oportunidad de hacerle un rápido comentario acerca de su obra. El polémico director había sonreído. 

"¡Sonreír! ¡Eso es algo que yo nunca le he visto hacer en sus películas!", me comentó entusiasmado. 

Dada la amistosa irrupción, intercambié nombres con él: se llamaba Sim --o Ziv--, compositor y poeta israelí. Me presenté con él también como escritor, aunque yo no era brasileño como él creía y al parecer eso lo desanimó un poco. 

¿Escribes en inglés?, me dijo. A veces, contesté, pero fundamentalmente escribo en español, mi lengua nativa. A pesar de su avanzada edad Sim --o Ziv--, parecía lleno de vigor y de inmediato me soltó si yo sabía de Tom Wolfe, el autor de Hoguera de Vanidades. ¡Por supuesto!, le respondí, lamentando ese pendiente acumulado en mi mesa de noche al que no he podido echarle una ojeada todavía. Pues resulta que Sim --o Ziv--, era el poeta favorito de Tom Wolfe, pues así lo había mencionado éste último en una entrevista. 

En Nueva York el más tullido es alambrista, por lo que yo no podía descartar la aseveración, por más fanfarrona que fuese. Sus ojos brillaban de satisfacción ególatra, y no obstante tratarse de un anciano, miraban como los de un arrogante muchacho de high school.

Después mencionó a Christo, el artista de instalaciones basado en Nueva York que envuelve en tela monumentos alrededor del mundo. Uno de los críticos de Christo habría señalado en alguno de sus artículos que Sim --o Ziv--, era un poeta fundamental de la lengua inglesa.

Entusiasmado por tan afortunado encuentro, le pregunté al maestro con humildad si podría yo encontrar algo de su trabajo en línea, si tenía alguna página o blog donde pudiese acercarme a su poesía.

¡No, no, no! ¡Internet is shit! (El internet es mierda), me espetó. Yo no tengo nada en internet, el internet ha hecho que la cultura se convierta en basura, afirmó enfático.

Bueno maestro, ¿tal vez pudiera entonces comprar alguno de sus libros...?

¡No he publicado nada aún! ¡Pero pronto publicaré mis poemas y hasta ganaré el premio Nobel!

Entendí que estaba hablando con uno de esos loquitos que abundan por acá. Sin embargo, no estaba de más ofrecerle mis servicios de publicación, quizás podrían serle útiles antes de que él colgase los tenis.

--¿Entonces, sólo escribe para usted mismo?

--¡Ya decidiré yo cuándo publicar! ¡No quiero que mi trabajo se vaya al internet! 

Intenté explicarle algo acerca del control que él como autor podría tener sobre su obra publicada, pero fue inútil: me interrumpió varias veces.

Decepcionado, le tendí la manó para despedirme, se hacía tarde para comprar unos suplementos que  encargó mi hermana, cerrarían la tienda si no me apuraba.

De pronto, parado en la banqueta a la entrada del cine, en la plena noche iluminada por una marquesina parpadeante de Broadway que anunciaba a Woody Allen, Sim --o Ziv--, empezó a recitar con lentitud el más inquietante poema en inglés que yo jamás haya escuchado. Hablaba de unos ruiseñores.

Noté su satisfacción por mi asombro mientras él cantaba esos primeros versos; pero medio minuto después se detuvo y volteó molesto para increparme: 

--¿Qué traes en el bolsillo? 

Yo tenía mi mano izquierda en el bolsillo del pantalón. 

--Nada, le dije. 

--¡Me estás grabando! ¡Me estás grabando! 

Saqué mi cartera, que es lo que yo tenía de ese lado, y se la enseñé, pero él me seguía viendo con enojo.

--¡No lo estoy grabando, tengo mi celular del otro lado! Lo saqué de mi bolsillo derecho y se lo mostré. Se hizo hacia atrás con horror, como si lo estuviera amenazando con una pistola.

--¡No, no no! 

Sim (¿O Ziv?) dio media vuelta y se perdió en el anonimato de la noche neoyorquina, la precariedad de mi memoria no atina a recordar ahora uno solo de sus versos.



  


martes, 9 de agosto de 2016

NAÏMA (Fiction)

There is a glint in Coltrane's saxophone. The spark suddenly lights and blackens the silver image. A man with his camera moves behind the musician while the notes of Naïma materialize in the air. His lips kiss the mouthpiece and his fingers run through the vertebrae of the instrument pouring a flood of fast moans in an ethereal blue concentric well. The camera man moves around the stage taking what he considers the best angles. Moments ago he had left the scene, but now he is back again, bothersome, with his rolling device focusing on the maestro, tainting the film forever: a wrinkle on a smooth impeccable suit. I can’t see his face, hidden behind the apparatus, but I do see for a moment the baggy trousers covering his legs, his common shoes with shoelaces. That camera focuses on me intently. It distracts me and in some way I lose step. I turn to McCoy. His blink confirms the false note, and we immediately fix that: I charge with a scale that incorporates the flat, which changes the mistake into a scroll ascending to Heaven. Warm sweat trickles down my sternum, which is a channel for new ideas. The last beats dissipate like smoke rings reaching all the corners of time. In the end, exhausted, I look at the camera lens: I watch its play of circular mirrors projected to infinity. I fall into the black pupil, I let it swallow me slowly towards the dark bottom, where I can see two dissolving figures. In that image we’re together: Coltrane and me. How do I know that? We both look ahead but only one of us does not have a saxophone, or a camera; I don’t want to play the video backwards.



lunes, 8 de agosto de 2016

NAÏMA (Ficción)




Hay un destello en el saxofón de Coltrane. El chispazo ilumina y ennegrece de súbito la plata de la imagen. Un hombre con su cámara se mueve por detrás del músico mientras éste materializa en el aire las notas de Naïma. Sus labios besan la boquilla y sus dedos recorren las vértebras del instrumento que vierte una catarata de gemidos veloces en un etéreo pozo de azules concéntricos. El camarógrafo se desplaza por el escenario tomando lo que él considera los mejores ángulos. Hace un rato había salido de cuadro, pero se asoma otra vez, imprudente, con su armatoste de rodajas enfocando al Maestro, mancillando para siempre el filme como una arruga sobre un traje liso impecable. No alcanzo a ver su cara oculta atrás del aparato, pero vislumbro unos instantes el pantalón demasiado holgado que cubre sus piernas, los comunes zapatos de agujetas. Esa cámara me toma con fijeza. Me distrae y en algún momento pierdo el paso. Acudo a McCoy. Un parpadeo suyo me confirma la nota falsa, y la arreglamos en el acto entre él y yo: embisto una escala que incorpora ese bemol, convirtiendo el error en una voluta que asciende al Cielo. El sudor escurre tibio por mi esternón, que es un cauce de nuevas ideas. Los últimos compases se disipan como anillos de humo, extendiéndose a todos los rincones del tiempo. Al final, extenuado, miro al lente de la cámara: observo su juego de espejos circulares proyectado hasta el infinito. Caigo en su pupila negra, me dejo tragar despacio hacia la obscuridad en cuyo fondo hay dos figuras que se disuelven. En esa imagen estamos juntos Coltrane y yo ¿Cómo lo sé? Ambos miramos de frente pero uno de los dos no tiene saxofón, ni cámara; no quiero darle atrás al video.

Roberto Mendoza Ayala
8 de agosto de 2016
New York City





martes, 14 de junio de 2016

BUDAPEST


Fotografías por Roberto Mendoza Ayala






























Crédito de todas las fotografías: Roberto Mendoza Ayala

MACONDO PLATZ



Muchos días después, frente a un ejemplar de su libro, yo habría de recordar aquella tarde cuando las circunstancias me llevaron a conocer a Manuel Ramos Martínez por indicaciones de Wolfgang Ratz, quien se encontraba temporalmente ausente de la ciudad de Viena.

Luego de perderme por varios minutos entre edificios de departamentos, me sorprendió gratamente encontrar una placa con la leyenda "Macondo platz". Pensé que el rumbo estaba un poco más claro para mí y sí, finalmente di con la casa en la que Manuel -de origen chileno- y su esposa Irene, viven desde hace años en las afueras de la ciudad. 

La idea era dejarles unos ejemplares de la antología De Neza York a Nueva York, dado que en ella participa nuestra mutua amiga la poeta Aura María Vidales, quien vivió por un tiempo en ese país europeo. Adicionalmente, Manuel es el director de la revista literaria bilingüe La Barca de Papel y preside la Asociación de Autores Latinoamericanos en Austria.

Manuel es pintor, escultor y poeta, su esposa es cantante de música folclórica y me comentaron que en tres o cuatro ocasiones al año organizan presentaciones a teatro lleno con artistas latinoamericanos en los numerosos foros que la ciudad ofrece. El artista también me mostró las magníficas ilustraciones del proyecto en el que trabaja actualmente: Cosmo, Naturaleza y Ser, del que anexo algunas a este texto.

"Aquí donde estás parado" -me dijo, "no tienes idea de las cosas que han sucedido, la cantidad de personas de tantas nacionalidades que han pasado. Hemos visto oleadas sucesivas de migrantes latinoamericanos, africanos, polacos, húngaros; últimamente llegaron los sirios."

"Tienes qué saber que esto era prácticamente un bosque, un lugar alejado de la ciudad, pero hoy es un complejo urbano administrado por la ONU, donde todos han dejado su huella en los nombres de las calles que lo conforman, de ahí lo de Macondo Platz. Alguien le puso Trotsky a una calle, y hasta algún paisano tuyo nos bautizó una Toluca Strasser; cada quien según su nacionalidad o afinidades. "

Manuel me aseguró que en sus más de 25 años de residir en el lugar, con excepción del grupo de los chechenos que eventualmente representó algún problema, la convivencia entre personas de tan diversos orígenes ha sido por demás respetuosa y tolerante. De los vecinos originales quedan muy pocos, sólo Manuel, su esposa y unos cuántos más que se quedaron en Austria enamorados de Viena, hermosa ciudad, "su joyita", como dijo Irene, que no cambian por nada. 

Después de nuestra animada plática, intercambiamos libros y Manuel me acompañó a la parada del autobús que con precisión germánica, pasó en el minuto exacto para llevarme de regreso al centro de Viena, feliz por haber conocido a este personaje, intenso promotor del arte latinoamericano en el extranjero.






Ilustraciones de Manuel Ramos Martínez







viernes, 20 de mayo de 2016

miércoles, 6 de abril de 2016

YIN YANG (Bilingual)


In some places of China there is a kind of bull fights where two animals hit each other to death.

En algunos lugares de China existen peleas de toros en las que dos animales se golpean hasta morir.


YIN YANG

Two bulls galloping
approach their death,
reflections of each other.
Once exceeded the threshold
the silhouettes merge.

A light stroke
blinds the moment,
and aligns on the same plane
the bold muscles
as opposed fists.
Both sides of the mirror
sway in imbalance,
violated, distorted,
but eventually reaching
their vertical rest.

A shadowless silence
is interrupted with shouts
of jubilant men
mounted on inertia,
celebrating the outbreak
of the torrential blood 
flowing
from the volcanic bowels
of the inert carcasses.

Then, everything melts
in the final,
immortal embrace
of time.


 YIN YANG

Dos toros galopan
y se aproximan a su muerte,
son reflejo uno del otro.
Traspasado el umbral
las siluetas se amalgaman.

Un golpe de luz
ciega el instante
y alinea en el mismo plano 
las masas musculares
como puños opuestos.
Los lados del espejo
se sacuden en desequilibrio,
violentados, distorsionados,
pero al final alcanzan 
su reposo vertical.

Un silencio sin sombras
se interrumpe con los gritos
de hombres jubilosos
montados en la inercia,
festejando el estallido 
de la sangre que fluye 
torrencial 
desde el fondo volcánico
de las inertes carcazas.

Luego, todo se funde 
en el definitivo, 
inmortal abrazo
del tiempo.



Roberto Mendoza Ayala
Texto e ilustración

New York City, March 26th, 2016