martes, 9 de junio de 2015

FROM NEZA YORK TO NEW YORK






A bilingual anthology of the poetry of Mexico City and New York City

Despite the birth of cyberspace, New York City is a place where the coordinates of the global artistic community physically intersect. The city of Ginsberg, Kerouac, Burroughs, Vasconcelos, de la Cabada and many others is still alive even with its rapid gentrification.

For example, thanks to people like Rosalind Resnick, who generously hosts in her townhouse of Greenwich Village, a poetry group named “The Poetry Table,” the literary life is nurtured within the larger setting of the City. 

Through the weekly meetings of this group I spent a year exchanging ideas, listening to, writing and reading poems, both in Spanish and English. However, with the support of my friends from years ago – magnificent poets whom I meet every time I travel to Mexico City – I have kept myself in close contact with my native language, as well as with the literary facts of the city where I grew up. Very soon from that creative interaction among poets of both cities came the idea for this anthology.

From Neza York to New York is an attempt to open a megaphone for the work of twenty-five writers from Mexico City and New York City. Twenty-five paths filled with intuitions and genuine literary findings. It honors those who preceded us in this kind of cultural calling, inspired by the geographic proximity of our countries and by our two increasingly connected cities.

This volume includes samples of many kinds of poetry. It is not generational or an anthology of one specific movement. It is a meet-up of present-day artists: incidental, random and even chaotic, if you will, but as rich as the exact words in a poem.

This book was published in Mexico City by Cofradía de Coyotes, directed by Eduardo Villegas Guevara. In the cover it shows a beautiful artwork by Jack Tricarico, and in the inside it has two magnificent digital art pieces by the Mexican artist Alonso Venegas.

In the pages of this anthology the poems are presented in their original languages with their respective translations into English or Spanish, as in a mirror. Photographs and bios of the authors are also included. 

The New York City writers included in this anthology are: Mary Askin-Jencsik, Lord Bison, Stephen Bluestone, Hannah Cerasoli, Claire Fitzpatrick, Arthur Gatti, Gordon Gilbert, Robert Givens, Evie Ivy, Rosalind Resnick, Griselda Steiner and Jack Tricarico.

From Mexico City: Félix Cardoso, Raúl Casamadrid, Leopoldo González, María Ángeles Juárez Téllez, Roberto Mendoza Ayala, Víctor M. Navarro, Alejandro Reyes Juárez, Iliana Rodríguez, Rolando Rosas Galicia, Arturo Trejo Villafuerte, Aura María Vidales, Guadalupe Vidales and Eduardo Villegas Guevara.

I want to thank my friend, poet and professor emeritus Stephen Bluestone, for the time he spent with me discussing my translations into English and reviewing the final proofs of this book. He helped me understand much about New York City and its poetry, in particular, and North America in general. 

I also want to thank the talented writers Art Gatti, Gordon Gilbert and Evie Ivy, who gave me numerous hints for the equivalences of meanings in both languages. They reviewed my English translations and made many helpful suggestions.

After countless vicissitudes unworthy of the treaty of free transit of goods between Mexico and the United States, copies of this edition -which is already circulating in some bookstores in Mexico City-, have finally arrived to New York City. From this same week they can be requested from the authors themselves, and soon in local bookstores, or can be requested directly by e-mail: coyotemayor@cofradiadecoyotes.com


DE NEZA YORK A NUEVA YORK






Una antología bilingüe de poesía de la Ciudad de México y la Ciudad de Nueva York


No obstante el surgimiento del ciberespacio, Nueva York sigue siendo el lugar donde se intersectan físicamente las coordenadas de la comunidad artística global. La Ciudad de Ginsberg, Kerouac, Burroughs, Vasconcelos, de la Cabada y muchos otros, aún subsiste a pesar del acelerado fenómeno de la “gentrificación”. 

Gracias a personas como la periodista Rosalind Resnick, quien cada semana generosamente acoge en su casa de Greenwich Village a un grupo denominado “The Poetry Table” (Mesa de Poesía), la vida literaria se nutre en el grandioso entorno de esta Ciudad. 

En estos encuentros semanales, pasé este último año intercambiando ideas, escuchando, leyendo y escribiendo poemas tanto en inglés como en español. Sin embargo, gracias a mis amigos de hace años – magníficos poetas con quienes me reúno cada vez que viajo a la Ciudad de México – he podido mantener el contacto con mi lengua nativa y con el quehacer literario del lugar donde me formé. Muy pronto, de la interacción creativa entre poetas de ambas ciudades fue que surgió la idea de esta antología.

De Neza York a Nueva York es un intento por abrir un megáfono para la poesía de veinticinco escritores de la Ciudad de México y la Ciudad de Nueva York. Veinticinco rutas plenas de intuición y de hallazgos literarios genuinos. Hace honor a aquellos que nos precedieron en esta clase de vocación cultural, inspirados por la cercanía geográfica de nuestros países y por nuestras cada vez mejor conectadas ciudades.

Este volumen presenta una muestra de varias clases de poesía. No es generacional, ni tampoco es la antología de un movimiento específico. Es un encuentro de artistas contemporáneos: casual, azaroso y hasta caótico si se quiere, pero afortunado como las palabras exactas de un poema.

El libro, publicado en la Ciudad de México por la Editorial Cofradía de Coyotes a cargo de Eduardo Villegas Guevara, presenta en la portada una hermosa ilustración del artista norteamericano Jack Tricarico, así como en el interior dos magníficas ilustraciones del artista mexicano Alonso Venegas.

En sus páginas los poemas se presentan en su idioma original con la correspondiente traducción al inglés o al español, en versión de espejo. Se incluyen asimismo, fotografía y una semblanza biográfica de cada uno de los escritores.

Los escritores de la Ciudad de Nueva York participantes en esta antología son: Mary Askin-Jencsik, Lord Bison, Stephen Bluestone, Hannah Cerasoli, Claire Fitzpatrick, Arthur Gatti, Gordon Gilbert, Robert Givens, Evie Ivy, Rosalind Resnick, Griselda Steiner y Jack Tricarico.

De la Ciudad de México: Félix Cardoso, Raúl Casamadrid, Leopoldo González, María Ángeles Juárez Téllez, Roberto Mendoza Ayala, Víctor M. Navarro, Alejandro Reyes Juárez, Iliana Rodríguez, Rolando Rosas Galicia, Arturo Trejo Villafuerte, Aura María Vidales, Guadalupe Vidales y Eduardo Villegas Guevara.

Quiero agradecer a mi amigo el poeta y profesor emérito Stephen Bluestone, por el tiempo que invirtió conmigo discutiendo mis traducciones al inglés y revisando minuciosamente las pruebas finales. Él me ayudó a entender mucho de la poesía de Nueva York en particular, y de Norteamérica en general. 

También quiero dar las gracias a los talentosos escritores Art Gatti, Gordon Gilbert e Evie Ivy, quienes me dieron numerosos indicios para las equivalencias de significados en ambos idiomas. Ellos revisaron mis traducciones al inglés, y me hicieron muchas valiosas sugerencias.

Luego de incontables vicisitudes aduanales no dignas del supuesto libre tránsito de mercancías entre México y los Estados Unidos de Norteamérica, ejemplares de esta edición -que ya circula en algunas librerías de la Ciudad de México- llegan por fin a la Ciudad de Nueva York, donde a partir de esta semana podrán ser conseguidos a través de los propios autores, próximamente también en librerías locales, o bien pueden ser solicitados directamente al correo electrónico: coyotemayor@cofradiadecoyotes.com




miércoles, 29 de abril de 2015

JAPÓN, SIN MÁS PROTOCOLOS























Imaginemos que los mexicanos de la actualidad conservásemos el náhuatl como lengua viva, de uso diario entre la mayoría de nosotros. Supongamos que nuestros textos en periódicos, libros y revistas estuvieran escritos en una versión refinada de la escritura jeroglífica inventada por nuestros antepasados mayas o aztecas. Que nuestra vestimenta de gala para bodas y bautizos -o inclusive para el diario- fuesen hermosos huipiles y túnicas confeccionados con las más finas telas. Que la mayoría del pueblo mexicano no profesara más religión que la enseñada por el mítico Quetzalcóatl, consistente en honrar a nuestros antepasados y a los elementos de la naturaleza ofrendándoles periódicamente sencillos arreglos florales o incienso en cualquiera de los miles de templos prehispánicos salpicados por todo México.

Todo lo anterior combinado con las más altas comodidades y ventajas de la modernidad que puedan encontrarse en el mundo contemporáneo: computadoras, internet, vehículos, edificios inteligentes, transporte aéreo y terrestre de alta velocidad, acceso a la tecnología, educación de calidad, sistema de salud eficiente, viviendas muy por encima de lo meramente digno, alimentación adecuada, empleo garantizado, justicia expedita y administración pública impecable.

Toda proporción y diferencias históricas y culturales guardadas, eso es Japón.

Ese país vive en la compleja vanguardia del siglo XXI, pero conservando la mayoría de sus tradiciones ancestrales: lenguaje, escritura, vestimentas, religión, arte, cocina, ritos. No es un asunto de folklore ni de vestirse de seda o actuar para los turistas; tampoco añoran el antiguo esplendor de los emperadores: la grandeza se vive a diario, y se manifiesta de muchas maneras. En la limpieza impecable que impera en todo el país. En el orden y la disciplina que se respira. En la arquitectura modular de sus ciudades. En los protocolos de la gente para saludar, despedirse o agradecer. En los árboles y jardines exquisitamente cuidados. En los templos y monumentos antiguos, conservados casi todos mediante aportaciones de particulares.

No exagero si afirmo que grandes maravillas arquitectónicas antiguas y modernas en Japón superan por mucho obras más publicitadas de otros lugares del mundo. Es un pueblo que se considera a sí mismo diferente y superior porque de hecho lo es: transformaron a lo largo de siglos las antiguas tradiciones indias y chinas llegadas desde el continente, refinándolas hasta integrar un código estético y ético propio, al que viven estrictamente apegados sin dejar de disfrutar de manera pacífica y ordenada de las mayores ventajas científicas y tecnológicas del mundo contemporáneo. 

Algunos hechos del Japón actual, que llamaron mi atención:

-No hablan inglés. Apenas en 2006 se implementó en Japón la enseñanza intensiva del inglés en las escuelas. A mí me asombró el dato, ya que a un país en la vanguardia tecnológica, creador de equipo informático y software de avanzada, mi cuadrada visión cultural me hizo suponer que le era natural el conocimiento del inglés. Pensamos que sólo en "occidente" estamos en el pináculo de la civilización: pero grandes cosas están sucediendo al otro lado del mundo. Tenemos qué considerar seriamente aprender japonés o chino. 

-El 5% de los japoneses trae puesto un tapabocas de manera permanente (la estadística es mía). Los pude contar y observar con su adminículo en la calle, en el campo, en las ciudades, en los pueblos, manejando un autobús o cruzando las calles. No es algo que dependa de la contaminación del aire o de consideraciones corteses hacia los demás: simplemente no desean que TÚ los contagies de una enfermedad.

-Son silenciosos y respetuosos. Por ejemplo, está prohibido hablar por el celular en el transporte público (ahí sólo mandan mensajes de texto). En las filas, en las calles, en los mercados, la gente evita el contacto físico. Caminan en silencio en una especie de ballet natural que elude a los demás. Este solo hecho marca una enorme diferencia respecto al comportamiento de las personas en otros países del área -por no hablar de los países latinoamericanos-, donde los habitantes suelen ser mucho más gregarios, desordenados y ruidosos hasta llegar a lo impertinente.

-Se quitan los zapatos. En casa y a la hora de la comida, es preferible quitarse los zapatos ¿higiene, respeto, tradición? No lo sé. Pero aún en los parques, reunidos para comer, colocan un improvisado tatami de plástico y adentro de ese espacio delimitado simbólicamente, todo mundo anda en calcetines, los zapatos a un lado.

-No existen carteleras publicitarias. No hay obstrucciones ni distracciones visuales. Por lo tanto, el paisaje urbano y rural, a pesar de la alta densidad demográfica y la gran cantidad de construcciones, denota una gran limpieza visual, una armonía que abona a la serenidad.

-No hay extranjeros. Desde el que barre la calle, pasando por el que cocina o arregla los jardines hasta llegar a los poderosos dirigentes políticos y empresariales, todos son japoneses. Ahí no vamos a encontrar meseros mexicanos o mucamas de los países de Europa Oriental: no hay inmigración. En parte por el carácter insular del país, y en mucho porque no está permitida. Tienen un serio problema de falta de población que piensan resolver con políticas de horarios, propiciando más horas libres para que la gente tenga estadísticamente más oportunidad de encuentros sexuales y produzcan...más japoneses.  

-Han sido militarmente invencibles. Si algo faltó en el pasado para una completa victoria japonesa en las diversas guerras que emprendieron, no fue precisamente disciplina. Su error tal vez siempre fue su desmesurado sentimiento de grandeza, y no advertir que a la postre la escasez de recursos naturales propios y la cantidad de personal militar no les alcanzaban para enfrentarse a los poderosos enemigos que se echaron encima. A lo largo de siglos, los habitantes de estas islas densamente pobladas invadieron sin miramientos vastas zonas de lo que hoy es China, Corea, Indochina y Rusia. Por no mencionar las acciones de la Segunda Guerra Mundial en las que controlaron toda la región del Pacífico Oriental, incluyendo Australia, mientras se enfrentaban a la mitad de los países del planeta.

-No hay banderas. Excepto para señalar quizás los edificios públicos o algunos lugares en especial, en Japón no es frecuente ver la bandera japonesa. Yo lo atribuyo a que no tienen nada qué demostrar, ellos son lo que son y tienen plena conciencia de ello: una civilización refinada, antigua, eficaz, con lealtad y disciplina militar en sus organizaciones civiles; hay un sentimiento de superioridad ante lo externo. Nadie podría decir que es "más" japonés que otro mediante la exhibición de un símbolo. Se es japonés, y punto. 

   

jueves, 25 de diciembre de 2014

BASTA UN ALBAÑIL



El Palacio Blanco era un portento de simetría. A izquierda y derecha, arriba y abajo, reflejaba motivos florales y patrones geométricos con una minuciosidad que rayaba en la insania. Cada día, acompañado de su Gran Visir, el sultán comprobaba la exactitud de lo construido mediante espejos y calcas en papel de china.

No había un solo ladrillo, un solo trazo, que no tuviera su correspondencia fiel de un lado y del otro de la construcción que fue inaugurada entre los vítores del pueblo y la perplejidad de los invitados extranjeros, que no recordaban haber visto jamás en lugar alguno maravilla arquitectónica parecida.

Meses después, la obsesión del monarca por la duplicidad le hizo concebir la idea de un nuevo palacio situado enfrente, exactamente de las mismas dimensiones y con el mismo diseño que el primero. Se utilizarían incluso los mismos planos del edificio anterior, pero esta vez se construiría con mármol negro.  

Un río separaría al Palacio Negro del Palacio Blanco. En éste último habían laborado veinte mil albañiles, dos mil artesanos, doscientos maestros de obras, veinte capataces y un arquitecto. Nadie había podido abandonar el lugar de la construcción durante los veinte años en que ésta se realizó. Aquellos que habían sustituido a quienes murieron en el transcurso de la obra resultaron más afortunados, pues su encierro duró menos.

El Gran Visir se encargó de reclutar exactamente a los mismos trabajadores para la construcción del nuevo palacio -tal era el deseo original del sultán- pero muchos ya se habían ido a las provincias a disfrutar de la generosa paga acumulada, y muy pocos estuvieron dispuestos a repetir la hazaña.

Luego de un breve periodo que el sultán denominó Los Años Ociosos, pues debió salir a la guerra en defensa de sus fronteras, ya que la fama del Palacio Blanco despertó no sólo la admiración, sino también las ambiciones y las envidias de sus vecinos, pudo por fin dedicarse a replicar su antojo.

Apenas comenzados los trabajos, el monarca se cuestionó la pertinencia de su idea ante la posibilidad de que un enemigo suyo llegase a ocupar el Palacio Negro. Esta preocupación la guardó en secreto para sí mismo, se volvió cruel enseguida, y mandó decapitar bajo cualquier pretexto a cuñados, primos y tíos, dejando con vida sólo a la parte femenina de su familia.   

Los años transcurrieron y el Palacio Negro fue tomando forma, duplicándose majestuoso sobre el río. Cuatrocientos laureles idénticos a los que circundaban el Palacio Blanco fueron sembrados a su alrededor. Jardineros podaron sus ramas meticulosamente para que creciesen de manera idéntica a los de enfrente.

El sultán contó los reflejos sobre el río: ahora había cuatro palacios, dos Palacios Negros y dos Palacios Blancos, y ordenó la construcción de nuevas edificaciones opuestas unas a otras en ambos lados del cauce, replicándolas sucesivamente para ir formando un elegante entramado que disfrutaban mucho las aves desde el aire.  

Llegado este punto, el mundo comenzaba a sentir el peso de la tozudez del sultán, cuyas obras parecía no tener fin, pues las construcciones se multiplicaban sin freno a partir de su inspiración inicial. 

Esta simetría continua de los palacios hubiese llenado todo el espacio disponible en la Tierra, de no ser por un albañil fastidiado, quien, ansioso por regresar a casa subrepticiamente colocó un ladrillo blanco donde debía ir uno negro. De esa manera simple él concluyó todo, salvando de paso al Universo.






Roberto Mendoza Ayala
New York City
Diciembre 2014

Fotografía: Roberto Mendoza A.

martes, 28 de octubre de 2014

MARY SHELLEY'S FRANKENSTEIN: Monsters also have rights



In Mary Shelley’s Frankenstein, she tells a disturbing tale of horror through an ingenious method of epistolary narrative structure. This novel is written in first person through personal letters and diaries that contain each other and are on display throughout the book, until they close in a perfect circle.

We found the backgrounds of this work in the Gothic novels (1765-1815), which were intended solely to awaken in the reader a sense of horror through the exaltation of the superstitions and legends of ghosts that filled the imagination of the population of that time, most naive and uneducated. While recognizing their literary or stylistic attributes, these novels were made ​​only for entertainment, and they didn’t seek greater intellectual depth.

Mary Shelley was far beyond of that (Frankenstein was first published in 1818), and her main merit is that while instilling a sense of horror in the reader, she manages the plot to incorporate rational and meta-scientific elements —as opposed to those of the prevailing romanticism— that provide a high "probability" of truth to the characters and situations of this work, leaving us at the end with the concern about the uncertain fate of the monster that may still lurks us.

Through the plot become obvious the interest and knowledges of Shelley in terms of scientific advances, especially experiments with electricity (Franklin, Galvani) and the Theory of Evolution (Darwin). It also takes the many exploration trips, and the adventurers and scientists’s stories as a source of inspiration for her novel, incorporating them into the frame with accuracy and detail, taking advantage that she traveled some of the places she describes.

We also found some traces of an Orientalist exoticism, exalted by the restoration of the Ottoman Empire just at the time when this novel was written, yet this Empire had left a deep cultural imprint in many of the European countries.

The writing style is impeccable and extremely courteous. All the characters, even at the most committed or aggressive of situations, dialogue with absolute finesse and education, sometimes bordering on the improbable. More to be unsuccessful, this resource gives charm to the narrative. And of course, it would not be "impossible" if we stick to the story of the dry and polite English joy at the meeting in the African jungle, having found the lost-for-many-years Dr. Livingstone.

The perkiness of this first novel by Mary Shelley is observed in some precipitations. For example, the speed with which Victor Frankenstein goes from being a mere student to a first-rate scientist, capable of an incredible discovery which itself deserves a more professional management of the subject and a more complex philosophical discourse than he raises as a researcher.

All the intellectual preparation of Victor vanishes without further, once he has achieved his goal of creating life in the laboratory: the monster wakes up and then the scientific abandons him with horror and then he will come back until the next day just to check with relief that the beast has gone. An unlikely, immature behavior in a man of science, but again: it could be “possible".

Frankenstein is also an essay on human condition, based on the reflections and dialogues of the characters of the novel, through which they arise —sometimes answering, others exposing— numerous questions concerning the nature of men. Questions that —even today— have several wrong answers as truth, which has affected us as a species.

In a time when slavery was justified without blushing by the "absence of a Christian soul" in the indigenous who lived in the colonies of dominant empires, Shelley gives her beast an absolute and contradictory human spirit. However, the monster has a condition of origin marking him as "different" and therefore that will exclude him of the human race and the consideration of people that he would deserve. He is a monster without rights.

The philosophical discussion is given throughout the novel in the three or four meetings between the beast and his creator when they talk to each other, and in the remembrance the creature makes of his secret life among men, watching a human family and trying awkwardly to approach them unsuccessfully.

Finally, the intolerance to differences is the key to this work. It exposes what it is in the nature of us, human beings: our ambiguity, our ability to act interchangeably with acceptance or rejection, with kindness or wickedness. In this novel the lack of acceptance addresses and even subtly touch the nationalisms, as well as our religious and racial conflicts: it confronts us with our visceral attitude of rejection to those who are different from us.

A subtle irony —this novel was written by a woman—, arises when Victor Frankenstein discovers that making the female counterpart of his first creation is a process much more complex than expected; therefore, to continue his work he should use the most recent discoveries in biology in a foreign country to carry it out. In the end, however, he decides to interrupt it, as he anticipates with horror the reproductive potential of these beings, but not before leaving us abruptly and forever with the enigma of the origin of the parts of a female body —how the hell he got them— in the farther and deserted islands of Scotland.


Roberto Mendoza Ayala

New York City, October 26th, 2014

EL FRANKENSTEIN DE MARY SHELLEY: Los monstruos también tenemos derechos



En su Frankenstein, Mary Shelley narra una inquietante historia de horror a través de un ingenioso procedimiento narrativo de estructura epistolar. Esta novela está escrita en primera persona por medio de cartas y diarios personales que se contienen unos a otros y se despliegan sucesivamente a lo largo del libro, hasta cerrar un círculo perfecto.

Encontramos el antecedente de esta obra en la novela gótica (1765-1815), que tenía como único objetivo despertar en el lector un sentimiento de horror a través de la exaltación de las supersticiones y leyendas de fantasmas que llenaban la imaginación de la población de esa época, en su mayoría ingenua y poco instruida. Sin dejar de reconocer a estas obras sus atributos literarios o estilísticos, eran novelas hechas para el entretenimiento, que no pretendían mayor profundidad intelectual.

Mary Shelley va más allá (Frankenstein se publica en 1818), y su primer mérito consiste en que sin dejar de infundir un sentimiento de horror en el lector, logra incorporar en la trama elementos de carácter racional y meta-científicos, —opuestos al romanticismo hasta entonces imperante— que dotan de una alta “probabilidad” de existencia verdadera a los personajes y situaciones de la obra, dejándonos hacia el final con la inquietud por el incierto paradero del monstruo que quizás aún hoy todavía nos acecha.

En la trama son obvios el interés y los conocimientos de Shelley en cuanto a avances científicos, muy especialmente los experimentos con electricidad (Franklin, Galvani) y la teoría de la Evolución (Darwin). Así mismo acude a los numerosos viajes de exploraciones y las narraciones de aventureros y científicos como fuente de inspiración para esta novela, incorporándolos a la trama con veracidad y detalle, aprovechando además que ella misma viajó por algunos de los lugares que describe.

Encontramos también algunos trazos de un exotismo orientalista, exaltado por el restablecimiento del Imperio Otomano justo en la época cuando se escribió la novela, Imperio que dejó una honda huella cultural en los países europeos. 

El lenguaje de la obra es impecable y extremadamente cortés. Todos los personajes, aún en las situaciones más comprometidas o agresivas, dialogan con absoluta educación y delicadeza, rayando a veces en lo inverosímil. Más que resultar fallido, éste es un recurso que dota de encanto a la narración. Y por supuesto, tampoco sería algo “imposible” si nos atenemos a la anécdota de la seca y cortés alegría inglesa ante el encuentro en plena selva africana del por muchos años desaparecido Dr. Livingstone.  

La frescura de esta primera novela de Mary Shelley se advierte en algunas precipitaciones. Por ejemplo, la rapidez con la que Victor Frankenstein pasa de ser un simple estudiante a un científico de primer nivel, capaz de un descubrimiento tan increíble que por sí mismo merecería un manejo más profesional del tema y una disquisición filosófica más compleja que la que se plantea de inicio el investigador. 

Toda la preparación intelectual de Víctor se esfuma sin más una vez que éste consigue su objetivo de crear vida en el laboratorio: el monstruo abre los ojos y en ese momento el científico lo abandona horrorizado, y regresa hasta el día siguiente sólo para comprobar con alivio que éste se marchó. Un comportamiento inmaduro, poco probable en un hombre de ciencia, pero que —de nuevo— no deja de ser “posible”.

Frankenstein es también un ensayo sobre la condición humana, basado en las reflexiones y diálogos de los personajes de la novela, a través de los cuales se van planteando —a veces respondiendo, otras sólo exponiendo— numerosas interrogantes concernientes a la naturaleza de los hombres. Preguntas —algunas— que aún hoy toman por verdaderas varias respuestas equivocadas, lo que nos ha afectado como especie.

En una época en la que la esclavitud se justificaba sin sonrojos por la “ausencia de un alma cristiana” en los salvajes que habitaban las colonias de los imperios dominantes, Shelley dota a su criatura de un espíritu absoluta y contradictoriamente humano, no obstante que el monstruo tiene una condición de origen que lo marca como “diferente” y por tanto le excluye del género y de la consideración de los demás que ello le merecería. Es un monstruo sin derechos. 

La discusión filosófica se da a lo largo de la novela en los tres o cuatro encuentros entre la fiera y su creador cuando éstos dialogan entre sí, así como en la rememoración que hace la criatura de su vida secreta entre los hombres observando a una familia humana a la que intenta acercarse con torpeza y sin éxito.

Finalmente la intolerancia a lo diferente es la clave de esta obra. Expone lo que está en la naturaleza de nosotros, seres humanos: nuestra ambigüedad, nuestra capacidad para actuar de manera indistinta con aceptación o rechazo, con bondad o con maldad. En esta novela incluso se tocan de manera sutil los nacionalismos, así como también nuestros conflictos religiosos y raciales: nos encara con nuestra actitud visceral de rechazo a los que son distintos a nosotros.

Una sutil ironía —esta novela fue escrita por una mujer—, se da cuando Víctor Frankenstein descubre que fabricar la contraparte femenina de su primera creación reviste procesos que hacen mucho más compleja de lo prevista su labor; tanto que debe recurrir a los descubrimientos más recientes de la biología en un país extranjero para poder llevarla a cabo. Al final sin embargo decide interrumpirla, previendo con horror las posibilidades reproductivas de estos seres, no sin antes dejarnos precipitadamente y para siempre con el enigma de la procedencia de las partes de un cuerpo femenino —cómo diablos las obtuvo ahí— en la más remota de las islas desiertas de Escocia.


Roberto Mendoza Ayala

New York City, October 26th, 2014