martes, 8 de abril de 2014

CUENTO: Conducta inapropiada


CONDUCTA INAPROPIADA

- How much time? '¿Cuánto falta?', preguntó en inglés el árabe alto y sonrosado que había contactado a José en la cenaduría La Última y Nos Vamos de Nogales, México.

- We are almost there, 'ya casi llegamos', le contestó también en inglés José, nativo de Sonora y pollero profesional.

Todavía era de noche. La última vez que José utilizó esa vereda apenas insinuada sobre la tierra fue un par de años antes, cuando le facilitó el sueño americano a una parvada de chinos inexpresivos.

Para José, los blanquitos solitarios que pagaban por cruzar ilegalmente desde México hacia el Norte siempre eran malosos, pero no era su chamba averiguar sus antecedentes. El güero no entendía ni madres de español, aunque hablaba un inglés casi perfecto.

Los dos habían caminado esa mañana por la ruidosa calle principal de Nogales hasta el HSBC, donde el extranjero depositó en ventanilla el pago complementario por el servicio contratado en la Ciudad de México. 

Ya pardeando, José pasó al destartalado hotel ubicado tres calles antes que la ciudad terminara -o que el desierto comenzara- en un súbito y colorido basurero de huesos, mezquites y cactáceas, para recoger al árabe que lo esperaba vestido con la ropa necesaria para la jornada.

- My friend! exclamó Terry, -así dijo llamarse el güero-, al ver llegar a José en su troca. Éste le pidió que pusiese su mochila en la parte de atrás, en la caja, a lo que Terry se negó con ademanes, subiéndose con ella en la cabina.

José pensó que su cliente podría ir más cómodo sin la mochila en los pies, pues el camino hasta el rancho de La Viuda todavía era largo; aunque no había razón para alegar: fuera uno a saber qué llevaba el extranjero en ese paquete. Se encaminaron por la carretera, desviándose kilómetros adelante entre sembradíos cubiertos de plástico, como naves blancas posadas sobre el desierto. Nada más pasarlos se enfilaron por una brecha.

En ese trabajo se imponía hablar lo menos posible. Dicha regla había permitido a José llevársela tranquila en más de treinta años de operar: cada mes, su único contacto en la Ciudad de México le enviaba clientes -personas o grupos pequeños- dispuestos a correr el riesgo de cruzar hacia los Estados Unidos por La Línea.

La Línea era el término abstracto con que la gente se refería a la red confidencial de veredas y propiedades privadas, que garantizaban a cualquiera que pudiera pagarlo, el acceso seguro a suelo norteamericano, a más de cien millas después de la frontera. 

Muy pocos eran los iniciados, -gente probada y discreta- que tenían verdadero acceso a ese cruce de caminos y complicidades binacionales. José era uno de ellos.

Gracias a eso, gozaba de cierta prosperidad. Era propietario de la troca en que ahora viajaban, de un auto deportivo y una minivan, aparte de dos casas del lado mexicano. Los fines de semana libres se iba a pescar tilapias a la cabaña que tenía en La Angostura, casi siempre bien acompañado mientras esperaba el mensaje con los detalles de la siguiente cita. 

Esto último, lo de la pesca, José lo soltó sin querer al árabe, tal vez hablando para sí; quizás no, agobiado por la monótona aridez del paisaje nocturno y por el ronroneo continuo de la camioneta, que le provocaban una modorra intolerable a pesar de su experiencia.

Era una semana ideal pues estaban en luna nueva, explicó a Terry. Y no había de qué preocuparse, pues aún con las nuevas tecnologías, para la border patrol era difícil distinguir entre personas, animales o vehículos; menos aún entre habitantes locales o inmigrantes ilegales. Además, la migra no disponía de agentes para cubrir tanto terreno. 

Hasta hacía diez años, -continuó José- anualmente entraba medio millón de personas de manera ilegal a los Estados Unidos por la frontera con México. Para el año pasado, ya sólo cincuenta mil pudieron hacerlo. Los encarcelamientos y las deportaciones diarias alcanzaban récord, y la cuota mortal por evadir la ley iba en ascenso. Eso hacía indispensables los servicios de personas como José y su socio. 

Terry consultó su enorme cronómetro de pulsera y solicitó al guía detenerse, interrumpiéndolo en el recuento de sus estadísticas. 

-Going to the toilet? It's all yours! '¿Quieres ir al baño? ¡Es todo tuyo!', exclamó José, que sonrió comprensivo mientras detenía el vehículo a la mitad de la nada negra, señalando con un amplio ademán la inmensidad frente a ellos. El extranjero sacó una lámpara, se apeó con todo y mochila, y se disolvió poco después en la obscuridad. 

El guía prendió la radio, sintonizando una estación de Movimiento Alterado que transmitía desde Calexico. La música llenó la noche de estrofas que inmortalizaban hazañas transgresoras. Desafíos a la autoridad sin importar bandera, que hermanaban a los ilegales de ambos lados.

Luego de un rato José se inquietó, pues Terry no regresaba. Apagó la radio, tomó su linterna y se bajó. Comenzaba a enfriar. Tenían tiempo, pero había qué aprovechar muy bien la noche. Se dirigió hacia donde el extranjero se había difuminado dentro del aire espeso. No había más que un asomo de penumbra.

A varios metros distinguió la silueta del güero, arrodillado, vestido con una bata blanca y haciendo inclinaciones repetitivas acompañadas de un murmullo continuo. 

Terry, como algunos a los que José había ayudado a cruzar, practicaba una religión extraña cuyas expresiones había atestiguado ocasionalmente. Rezaban a horas precisas, se enjuagaban el cuerpo, extendían un tapete para las rodillas. Hasta su Biblia estaba escrita en un lenguaje distinto.

Respetuoso, José regresó a la camioneta a esperar. Consultó mapas que sacó de la guantera.      

Cuando reanudaron la marcha, en la intimidad que la noche otorga, de manera espontánea, y tal vez correspondiendo en algo a la inicial locuacidad del pollero, también Terry soltó algo de su historia: provenía de un país de la Península Arábiga cuyo nombre no entendió bien José, al ser pronunciado con demasiada rapidez en el idioma original. 

Contó de su pueblo asediado violentamente por una guerra (tampoco aquí entendió muy bien José; ahora, quiénes eran los enemigos: Terry habló de guerrilleros, invasores, un dictador, milicias internacionales). Le platicó de un relámpago, la explosión que se llevó a todos en su casa, exceptuándolo a él. Y del hospital en donde le salvaron el pulmón, y el brazo izquierdo que colgaba apenas de unos tendones. 

A la tenue luz interior de la camioneta, el árabe le mostró la enorme cicatriz en su espalda, un escalón de carne en forma de luna creciente. Según Terry, representaba un testimonio de su fe: dios había dibujado en su cuerpo la señal de una misión.

Cuando Terry salió del hospital meses después, ya no encontró ni las ruinas de su casa: junto con varias más había sido allanada hasta el suelo, y su lugar lo ocupaba un campamento administrativo del ejército norteamericano.

De su única hermana estaba avergonzado. Durante la guerra, ella estudiaba la universidad en un país vecino. Pero su última, humillante noticia, era una fotografía en un prostíbulo de Nueva York. ¿Podría llamarse de otro modo aquel lugar en los Estados Unidos, atestado de mujeres que bebían alcohol ofreciendo sus senos a la cámara, a la mirada pecaminosa de los hombres? 

Para aligerar el silencio incómodo que siguió, José señaló al fondo de la brecha iluminada los ojos fosforescentes, hipnotizados, de algunos venados que cruzaban por aquellas soledades calentando el cuerpo. 

Y después, motivado por una empatía de coincidencias dolorosas, empezó a confiar a Terry algunas situaciones que también menguaban su ánimo, como estacas de ira clavadas en sus recuerdos.

La repentina muerte de su hermano Anselmo, a manos de un policía fronterizo que disparó desde el lado norteamericano, cuando Selmo salía eufórico de una fiesta, era algo que llevaría siempre como un trapo atravesado en la boca del estómago. 

El guardia se habría sentido amenazado por los gritos de Anselmo. O habría querido conciliar el sueño y disparó al aire pidiendo silencio. Con intención o sin ella, segó la vida hasta entonces dedicada a vender muebles para pagar la colegiatura de José. La conducta inapropiada del policía fue castigada reasignándolo a la frontera con Canadá.  

Otra de sus penas, contó José al güero, era la desaparición de su prima Elisa, quien hasta hacía un par de años trabajó en una maquiladora de aparatos electrónicos a cuarenta y cinco minutos de Nogales. 

Los que la vieron por última vez esperando el transporte urbano a la vuelta de su casa todavía de madrugada, coincidieron luego de confrontar los interrogatorios, en la presencia sospechosa de un jeep con placas de Arizona que fue rastreado hasta una base estadounidense, donde las investigaciones de la policía mexicana toparon con la indiferencia de los mandos militares.

A la incógnita de la desaparición -probable muerte- de su prima, José agregó un pormenorizado recuento de vejaciones habituales, agravios y deportaciones de una multitud de parientes y conocidos suyos por cuenta de los norteamericanos, ya fuese por ley o por pura discriminación.

Terry murmuraba algo entre dientes: parecía compartir con José el rencor provocado por tanta pinche injusticia.

Pasaban unas hileras de árboles chaparros cuando llegaron a La Viuda.

Iluminado por los faros, un peón salió de la nada para levantar el falsete de varas y alambre de púas que constituía la entrada al rancho. José saludó con una inclinación de la cabeza al pasar con la camioneta frente al encargado.

José y Terry, todavía rumiando en silencio sus historias, continuaron por algunos kilómetros más de brecha, antes de llegar a la base de un cerro donde estacionaron el vehículo debajo de una improvisada techumbre de ramas de huizache. Por la mañana y gracias también a la sombra del monte, se camuflaría cualquier destello metálico.

El plan consistía en caminar toda la noche hasta una colina, para ser recogidos casi al amanecer por otro vehículo que los llevaría por una serie de terracerías dentro de ranchos particulares en Arizona, hasta la casa donde Terry podría descansar y comer antes de salir en automóvil como un integrante más de una familia que se despediría de él frente al City Hall de Phoenix. Fin del servicio.

Para el migrante improvisado, internarse a cualquier hora o época en el desierto por esa zona significaba una virtual sentencia de muerte. Para un guía profesional como José, caminar en la obscuridad por las decenas de veredas entre cerros y espinos, lejos de las torres de vigilancia y de las zonas de patrullaje, constituía un placer que rayaba en lo animal.

Con sentidos tan desarrollados como su instinto, José distinguía en el aire, por el menor sonido u aroma, entre zorrillo o mapache, lechuza o faisán, pollo o migra

Caminaba por delante, con una lámpara minúscula adosada a la cachucha. Para él era inevitable, mientras avanzaba, pensar en tanta muerte inútil reducida a una prosaica cuestión monetaria: miles de vidas se hubiesen salvado con haber llevado unas baterías, ropa térmica o las botas adecuadas que ellos calzaban. Además del indispensable GPS.

Un súbito hedor a jabalí completó la información electrónica. José indicó a Terry la dirección correcta en la que debían desplazarse, siguiendo entre matorrales y peñascos el curso semioculto de aquellos animales vagabundos. El árabe no mostraba dificultad o cansancio alguno. Era notorio su entrenamiento.

A su hora, el musulmán pidió de nuevo hacer un alto para sus oraciones, apartándose de manera discreta para realizarlas. Bajo la inmensidad estrellada que se fundía con la llanura en un todo, esta vez José prestó mayor atención a los rezos, escuchando la sonoridad ancestral del idioma del Profeta perdiéndose en la dirección en la que el sol perfilaría las montañas en las siguientes horas. 

- How much time?  '¿Cuánto falta?'

- We are almost there.  'Ya casi llegamos'.

José se paró sobre una roca, observando atento por los binoculares. No era necesario, pero pidió silencio al árabe, y ahuecó su oreja durante algunos segundos. Después, levantó un brazo comenzando a hacer señales intermitentes con la lámpara, dirigidas hacia algún lugar en la negrura.

-They're coming, they're coming!  '¡Ya vienen, ya vienen!', le dijo al árabe. 

Hizo algunos ademanes, alzando un poco la voz, con gritos soterrados:

- Hey, I'm here! I'm here!   '¡Aquí estoy, aquí estoy!'

A lo lejos, un par de faros parpadearon en respuesta.

Habían logrado pasar sin problemas la arbitraria línea fronteriza. 

Ok, man, that's it. They will pick us up in their van, and we'll take some rest and enjoy a breakfast. Please hold the lamp and guide them while I make poop. 

'Bien, ya estuvo. Nos recogerán en su camioneta y luego descansaremos y disfrutaremos de un desayuno. Sostén por favor la lámpara y guíalos con ella mientras hago del dos', le dijo a Terry. 

Terry tomó la linterna y empezó a balancearla con el brazo en alto como en un concierto musical, observando con fijeza las ondulantes luces que se acercaban por la brecha, acompañadas de un zumbido que crecía en intensidad.

Mientras Terry balanceaba la linterna, al otro lado de la colina José corría fuera del alcance de los soldados de la base que se acercaban en el jeep, sin terminar de decidir muy bien por qué lo hizo. 

Sería porque le cagaban los evangelistas. O para que una muchacha desconocida pudiera divertirse a sus anchas en una disco de Nueva York. Tal vez por no dejar pasar a un terrorista que le hiciera más difícil el negocio. 


Podría ser eso último. Qué fastidio. Se estaba poniendo viejo.

miércoles, 2 de abril de 2014

Poesía: Bandhavgarh


BANDHAVGARH

Un tigre acecha entre líneas
y consulta la hora a pie de página.
Sus colmillos asoman por el separador.
Tiene hambre y espera un descuido:
el momento en que tú des la espalda
o caigas vencid@ por el sueño;
entonces la bestia comerá entrañas calientes toda la noche.

Al despertar asustad@ cerrarás el libro,
las fauces devoraban
la blanda carne de tu estómago
mientras tú, ignorante
soñabas con Madhya Pradesh,*
árboles de teca y frondas de bambú
bamboléandose sobre una piel tiznada,
añadiendo rayas a lo inexplicablemente mortífero
de este poema.

*Madhya Pradesh: Estado de India central que aloja varios Parques Nacionales, entre ellos Bandhavgarh, donde se preserva el tigre de Bengala. Es medianoche.







jueves, 27 de marzo de 2014

POEMA: Nunca Habrá Otra Como Tú



NUNCA HABRÁ OTRA COMO TÚ
De todas las frutas posibles
anidas en mis manos
moldeadas con el peso vivo de tu suntuosa forma.
Rubor, perfume y conjugación de sabores,
palabra corta que se extiende en la memoria.
Gota dulce prendida al extremo de una vara:
la femenina cavidad de tu semilla
duplica ahora de un tajo mis expectativas.
Tu carne se entrega lenta
en la azucarada anestesia
de una serpiente niña que muerde mi lengua.
Al tomarte has dejado
una canasta llena de promesas incumplidas,
posibilidades marchitas, fragancias ya todas inútiles.



THERE'LL NEVER BE ANOTHER LIKE YOU
Of all the possible fruits
you nest in my hands
molded by the body weight of your sumptuous shape.
Blush, perfume and combination of flavors,
short word extended in the memory.
Sweet drop pinned at the end of a cane:
the feminine cavity of your seed
now doubles with a hack my expectations.
Your flesh slowly gives itself
in the sugary anesthesia
of a baby snake biting my tongue.
By taking you, you have left
a basket full of broken promises,
withered possibilities, fragrances now useless.


Este poema, su traducción y algunas correcciones o precisiones del idioma  inglés, fueron realizados en el marco de las reuniones semanales de la Hot Poets Society of New York. La viñeta también es mía.

Roberto Mendoza Ayala

domingo, 16 de marzo de 2014

INDIA: Paisajes y juegos de luz en las antípodas

Lo primero que descubrí al viajar a India y revisar bien el mapa, es que ese país no está atravesado por la línea del ecuador: se localiza por completo en el hemisferio norte y es casi antípoda de México. 

Allá han sucedido cosas literalmente a espaldas de nuestro mundo "occidental" sin que apenas nos enteremos, entretenidos como estamos con nuestra ración diaria de cine, televisión, política y deportes.

Por ejemplo, India tiene ya 1,300 millones de habitantes -650 era el dato que yo tenía en la memoria desde la escuela- apenas unos cuantos por debajo de China que es el primer lugar. Sin embargo, India tiene menos de la mitad de territorio que su vecino asiático.

Tal cantidad de individuos -y la producción no cesa, pues por razones culturales prácticamente no hay educación sexual ni control de la natalidad efectivos- ha arrasado con la legendaria jungla para cultivar el campo y establecerse por doquier. Eso ha dejado a India con solo el 14% de las selvas que tenía a la mitad del siglo XX, cuando se independizó de Gran Bretaña.

La buena noticia es que el eficaz aunque burocrático -hasta lo ridículo- control militar ha delineado y custodia con firmeza zonas de conservación todavía vírgenes, que en algunos casos son tan vastas como la mitad de Suiza. Y la tendencia es hacia la recuperación de mayores extensiones aún al costo de indemnizar y reubicar a poblaciones enteras.

Una mala es que en el país de los tigres ya solamente quedan 1700 ejemplares vivos en libertad. Su contraparte: se han expedido leyes especiales para la protección de la fauna que castigan severamente el tráfico de especies en riesgo. En muchos casos se comienza a revertir el esquema de extinción a que estaban condenadas, a pesar de la severísima corrupción que afecta todos los órdenes de la vida en India.

Los palacios y templos que han sido designados Patrimonio Cultural por los organismos internacionales se encuentran celosamente resguardados y en distintas etapas de conservación o restauración. Existe orgullo por el pasado y es notoria la aplicación de importantes recursos económicos para mantenerlos.

Sin embargo, la limpieza de los templos y jardines de Khajuraho o el prístino espejo de agua en que se reflejan los cuidados setos del imponente y masivo Taj Mahal contrastan con el caos urbano adyacente a ellos: entre las construcciones erigidas sin planeación o zonificación alguna, impera la anarquía representada por el mini comercio ambulante o semifijo de condiciones precarias -tianguis callejeros sucios y desordenados- esquema que se reproduce incontrolable por todo el territorio.

En la costa del Mar Arábigo, desde hace quince años Mumbai construye un skyline de rascacielos que es por lo menos el triple que el de Manhattan, ¿por qué nadie nos lo había dicho? Por fortuna algún alcalde inglés en el siglo pasado prohibió las vacas ahí, y así se quedó. Ahora conviven en esa ciudad un millón de millonarios con un millón de indigentes que duermen en las calles. Pero hay diecisiete millones de personas más viviendo entre los slums, los caseríos y los edificios inteligentes, repartidos entre los clubes sociales del omnipresente cricket y las redes familiares que sirven a las castas privilegiadas. 

Lo de las castas no es figura retórica: es algo vivo a lo que nadie escapa, pues va en el apellido: existen más de ochocientos diferentes, y marca el destino de las personas, que están limitadas socialmente para mantener dicho esquema. Los matrimonios se conciertan entre familias de castas afines siempre de acuerdo con el gurú, que es quien determina la compatibilidad o incompatibilidad de una pareja y fija la fecha del casamiento. El éxito económico y la educación están cambiando estas prácticas, aunque sea lentamente.

En cuanto a su alimentación, la gran mayoría de las personas se divide, -de acuerdo a las múltiples creencias religiosas- entre vegetarianos o aquellos que también consumen proteínas animales tales como pollo, pescado, mariscos y cabra. Nadie come carne de res y sólo entre las castas más bajas, las de los impuros, se come cerdo.

Nosotros, viajeros occidentales, aceptamos las cosas como son y disfrutamos los contrastes: el templo meticulosamente restaurado y las fachadas coloridas de las casas semiderruidas, pintadas a capricho de millones de artistas anónimos. Subir a un tren que llega a la estación con exactitud inglesa y observar por el camino los grupos de mujeres -en India todas, invariablemente, de cualquier condición, visten el sari-  que ofrecen en el piso sus mercancías vegetales.

Las vacas sagradas, de cuernos decorados, deambulan entre los montones de basura buscando el sustento para ser ordeñadas a la mañana siguiente. Los rascacielos ultramodernos se mezclan con las ciudades miseria. Las áreas de cultivo se nos muestran verdes hasta la fosforescencia, mientras las ciudades exhiben sus edificios y templos permanentemente deslavados: el campo y las ciudades nos enseñan en rápido montaje la simultánea bendición y ruina de los monzones. 





























domingo, 2 de febrero de 2014

UN CUENTO


LLAMANDO A JUAN


Nada me alegraba más que el amoroso tacto del amanuense sobre mi piel, el gustoso brillo en la mirada con que me abría en las perfumadas tardes del Colegio.


Juan Güemes fue quien me dio la vida, o como quiera que esto se llame. "Esto" no significa que respire o que coma, que crezca o que padezca enfermedades como los seres humanos. Es muy simple: tengo conciencia de mí, del transcurrir del tiempo y con eso ha sido suficiente.

Tengo -si se quiere- el equivalente a órganos y tejidos, a venas y arterias, un cuerpo complejo y sensible que palpita de significados, una especie de mapa o carretera por la cual transita de manera permanente el pensamiento que me forma.

Como cualquiera en este mundo que compartimos, he acumulado recuerdos y experiencias. Mi primera impresión fue algo borrosa, distante como una película desenfocada y amarillenta, pero contundente: las vigas en el techo del scriptorium del Colegio Imperial de la Santa Cruz en Tlatelolco, que con sus paralelismos y perspectivas, entretejieron de inmediato una feliz música sobre mis líneas.

Con paciencia y bajo las instrucciones del fraile Bernardino, fue Juan quien inauguró esa luz para mí: guardo muy bien el reflejo acerino de sus ojos, clavado en los laberintos que él fue dibujando con sus hábiles manos tlaxcaltecas.

La vida que fluye por mis surcos viene de lejos: heredera de viajes y de batallas, de amoríos y desencuentros, de poderes y traiciones; es Historia que brota en torrentes por cada uno de mis signos.

¡Cómo amé las tardes áureas colándose por la ventana que daba al Jardín de las Palomas! De éste llegaba en los veranos un vientecillo cálido que impregnó de esencias mi superficie.

En invierno los colores cambiaban por los azules de un humo de ocote, cuyo aroma todavía conservo en una leve pátina molecular.   

Al anochecer, la soledad de mi caja resonaba con las vibraciones profundas del Officium Divinum, que a fuerza de entonarse a diario acabó por dejar una gran impronta en mi estructura.

Llegó para Juan, sin embargo, el término natural que tiene toda vida humana por la circunstancia que sea. Fue el cocoliztli, la peste bubónica, la que acabó con él, no sin antes llenarlo de ámpulas y de flemas.

Fui olvidado a partir de un día de gritos y de rezos frenéticos; de fiebres, vómitos y convulsiones. Sobre mí quedó como constancia el trazo tembloroso del pulso enfermo de Juan, evidenciado por algunas incoherencias o distracciones, que no tengo más remedio que justificar.

Pasaron muchos años, y nuevas luces y siglos se abrieron para mí. Debo señalar que en general fui tratado con respeto; aunque hubo, no obstante, algunos exabruptos, ciertas situaciones indecorosas que no detallaré.

Ahora estoy en esta página. Para ti sólo un entramado de tinta o de fotones; sin embargo tú nutres la savia que me constituye.

A partir de hoy llevarás la indeleble marca del escriba: uno más de los que habito, el vehículo humano que me ha permitido llegar hasta aquí. Guardado estoy en la caja de tu memoria.

Una palabra, un sólo trazo bastará para alumbrarme de nuevo, pues sigo tan presente como cuando Juan Güemes me concibió.

Aguardaré escondido entre circunvoluciones y redes neuronales para evocar, una madrugada cualquiera -entre un repentino olor a ocote y los febriles estertores de una extraña enfermedad- la resonancia de tu nombre cuando seas llamado a maitines.



domingo, 12 de enero de 2014

Yaxchilán



PÁJARO JAGUAR
En las piedras verdes de Yaxchilán
mil quinientos años después
leemos el periódico de la selva.
No sabemos si exageraste tus hazañas
o si te aumentaste el grosor de los muslos.

No nos hemos puesto de acuerdo
en la cantidad de tus           
                           rivales
que caen
como pelotas de hule
dando tumbos serpiente abajo.

El tamaño real de tu grandeza
se encuentra amurallado por signos
en la geometría esparcida
 sobre colinas verdes rematadas con trofeos.

Desde lo alto del dosel
los saraguatos festejan a gritos,
nos hacen conscientes de tu impecable triunfo:
la partida que ganaste a pulso contra el olvido.    



BIRD JAGUAR (Translated from spanish by Susan Kline)

In the green stones of Yaxchilán
1500 years later
we read the newspaper of the jungle.

We don't know if you exaggerated your deeds
or if you augmented the thickness of your thighs.
We have not agreed
to the quantity of your 
rivals
who fall
like balls of rubber
tumbling serpent down.

The real size of your greatness
is found walled by signs
in the sparse geometry
on green hills topped with trophies.

From the height of the canopy
the howler monkeys celebrate with cries,
making us aware of your impeccable triumph:
the game that you won fairly against forgetting.