domingo, 6 de octubre de 2013

VENENO PURO


Observó con desconfianza la charola depositada en la compuerta de su celda. Llamaron su atención el olor suculento y el vapor ondulante atravesado por la tenue iluminación proveniente del tragaluz.

Se arrastró con trabajos, acercándose. En su nariz se agolparon aromas acumulados en años de giras oficiales y extraoficiales, recuerdos de manjares saboreados mientras cumplía sus deberes, y aún de algunos que descubrió llevado por el azar o la curiosidad.

Su entrenamiento y su instinto le alertaron: no se abalanzaría sobre los alimentos a pesar del hambre y la creciente debilidad. Decidió que consumiría sólo una porción. Guardaría lo demás para consumirlo más tarde, escondiéndolo entre la pila de excrementos acumulados en una de las esquinas.

Evocó los largos días de su mandato, su carrera militar, su determinación para alcanzar la cúspide; la cárcel tantas veces visitada durante su juventud por indisciplinas o, -algunos años más tarde-, por haber sido el promotor de un fallido golpe de estado. Pero no pensaba morir ahí. Al menos no como sus captores parecía que lo tenían dispuesto luego de torturarlo durante semanas: por hambre o por congestión, o quizás envenenado.

Comprobó cauteloso la blanda textura de la carne a punto, adornada con una guarnición de verduras de colores inusitados. El guiso tenía finas especias espolvoreadas, cuyos olores lo envolvieron apenas las mezcló un poco con el apetitoso caldo a base de jugo de naranja en que había sido horneado.

El sabor del primer y cauteloso bocado le trajo a la memoria una tarde en el Vaticano agasajado por el Cardenal Luiselli, quien conocedor de su afición a los excesos de la buena mesa, no había dudado en complacerlo -y complacerse a la vez- con una fiesta culinaria de siete horas en la que degustaron platillos elaborados a partir de los quesos más exóticos: el Stilton inglés con laminillas de oro, el Pule serbio de leche de burra, el Epoisses francés cuyo penetrante olor le hacía merecedor a restricciones en su transportación; y el Casu Marzu de Cerdeña plagado de pequeñas larvas blancas que se retorcían en el paladar. Delicadezas pocas veces encontradas juntas, maridadas en abundancia con los mejores vinos de las cavas pontificias. 

El recuerdo de esa comida -y muchas otras en Shanghai, Nueva York, Estambul, Bangkok, Amsterdam o México-, era para él abrumador, lleno de texturas, cremosidades y fragancias que superaban por mucho la experiencia de la orgía aquella misma noche en Roma, -ya luego acompañados por el Primer Ministro italiano-, de la que apenas quedaba algún borroso trazo de adolescente piel en su memoria.  

No había duda que un buen chef había sido el encargado de preparar el platillo que  se le ofrecía. Sospechaba entonces, naturalmente, de las intenciones o del mensaje de sus captores al mandar a hacer tan elaborada comida para un dictador herido y humillado. ¿sería quizás la última?

La siguiente porción, masticada lentamente, con miedo, le colmó sin embargo de sutilezas gustativas que a lo largo de su vida sólo pudo encontrar en la salinidad babosa de los tentáculos del sannakji coreano; en el tierno sabor azufroso del pidan chino -huevo podrido de pato enterrado durante meses bajo capas de arcilla y cal-; en los dulces vapores que emanaba el hervor de la xicotea en su sangre probada en Campeche, o en la linfa ácida de los jumiles vivos que se escurrían de la boca y los platos en las fondas  de Taxco.

El último bocado se le quedó a medio pasar, atorado por un súbito y familiar recuerdo olfativo.

Vendrían a amputarle la otra pierna.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente, lo disfruté muchísimo. Saludos desde Colombia.